Hace poco recordó Rafael Nieto Loaiza una encuesta de 2009 en la que quedó registrado que el 38 % de los docentes capitalinos se manifestó en favor de la lucha armada. 

No sabemos cuál sea en estos momentos el número de los que mantienen esa opinión, pero es lo cierto que no sólo los afiliados a Fecode, sino muchos otros más, practican la instrucción política extremista de los educandos. 

Llama la atención que en virtud de la separación de la Iglesia y el Estado que introdujo la Constitución actual en 1991 la enseñanza religiosa esté proscrita en la educación pública, mas no así la propaganda ideológica, como si ésta tuviese algún privilegio sobre aquélla.

Se cumple así lo de que cuando se abandona la religión, el campo que ésta ocupaba entran a ocuparlo las ideologías, que no son de suyo racionales y a menudo son francamente irracionales. Como bien lo dijo Chesterton, el que deja de creer en Dios está dispuesto a creer en cualquier cosa.

Varias generaciones de nuestros compatriotas han crecido envenenadas por la idea, si es que así puede llamársela, de que sólo por medio de la lucha armada será posible edificar un orden justo en este país.

Esta concepción parte de supuestos harto discutibles.

El primero es la licitud de la justicia por la propia mano, que impera en los órdenes bárbaros. El revolucionario niega toda legitimidad del orden establecido y cree que es moral todo lo que contribuya a destruírlo. A partir de ahí, justifica todas las atrocidades que han llevado a cabo los extremistas colombianos a lo largo de muchas décadas: el asesinato politico, las masacres, la toma violenta de poblados, los secuestros, las extorsiones, el avasallamiento de comunidades, su desplazamiento forzado, el reclutamiento de menores, la violencia sexual, la apropiación violenta de bienes, su destrucción, el empobrecimiento colectivo, etc., etc. Este largo etcétera incluye todos los crímenes que la conciencia civilizada condena como de guerra y lesa humanidad.

Si el maestro está llamado a inculcarles a los educandos los valores de la civilización, los que se muestran proclives a la lucha armada y tratan de alentarla en ellos, van precisamente en contra de dichos valores. Su acción no es progresista, sino retrógrada en exceso. 

Esta labor deletérea dice justificarse por la necesidad apremiante de instaurar un nuevo orden que elimine las injusticias del que nos rige y ponga en acción a través de procesos revolucionarios medidas redentoras que traigan consigo la felicidad colectiva.

¿Cuál es ese nuevo orden? Hace un siglo cabía soñar en la construcción del paraíso socialista que anidaba en las mentes de los revolucionarios. Pero ese paraíso resultó ser un infierno. Rusia y China, que fueron sus grandes promotores en la pasada centuria, renunciaron a ese fatídico proyecto que causó la bicoca de no menos de cien millones de muertes. Hoy lo sostienen, parapetados en sus recursos de poder, las dictaduras norcoreana, cubana y venezolana.

El experimento comunista dislocó las sociedades y en vez de dar origen a un nuevo especimen humano, puso en acción lo peor de nuestra especie.

Seamos francos, resulta muy difícil creer que los mofletudos senadores de Comunes, denominación que hoy ostentan los integrantes de las Farc, puedan presentarse como paradigmas de una humanidad redimida de sus vicios ancestrales. Muchísimo menos cabría darles ese calificativo a senadores como Petro, Cepeda o Bolívar, que hielan la sangre con solo verlos en fotografía.

Más adelante volveré sobre los funestos resultados del adoctrinamiento ideológico en las instituciones educativas, que no forma a los educandos en los valores del libre ejercicio de la racionalidad, sino que los esclaviza y pervierte.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: abril 22 de 2021