Empieza  la época del invierno en el trópico -abril lluvias mil-  profetizaban nuestros antepasados. No importaba cuanto lloriqueara el cielo, lo cardinal era el consuelo para los pastos enguayabados del invierno anterior. Esta resaca prolongada  productora de un gran dolor de cabeza para agricultores y ganaderos.

Hoy nos sofisticamos y lo cuántico nos parece lo fundamental. Acudimos a herramientas novedosas y en todos nuestros campos  existe el pluviómetro que nos permite precisar cuánto ha llovido. Nos adelanta un pronóstico y se comporta como factor predictivo de la temporada que viene. Este cultivo será bendecido, sueñan los agricultores. El ganadero noqueado se levanta de la lona y se pregunta optimista: ¿cómo será  el rendimiento de sus novillos en la  báscula  con  “lomo mojao”?

Ahora bien: ¿existirá un pluviómetro moral para medir la honestidad? Que instrumento utilizamos o que inventamos que nos permita calificar la honestidad de un individuo. No conozco test, exámenes, pruebas  psicométricas que nos permite decir en forma responsable si esta persona es o no es honesta. Hemos avanzado en neurociencias y podemos tener alguna aproximación hacia aquellas personas con  tendencias hacia actos delictivos o proclives a cometer hechos de corrupción. Añoro una resonancia magnética funcional que nos permita conocer el cerebro ético de una persona; todavía falta un tiempo para tenerla.  Si entendemos su  definición, la honestidad como un valor moral, se nutre de la confianza y del respeto mutuo. Tenemos que ir más allá y pensar en un principio que nos permita cobijar  con exigencia ese atributo de honorabilidad.

Es lo que denominamos el principio de probidad. Va más allá de la honestidad y de la honradez. Es actuar con transparencia pensando primero en el bienestar colectivo el cual está por encima de los intereses individuales. Ser probo es la condición sine qua non para ser una persona decente y este el único requisito que se necesita para desempeñar cualquier cargo en el sector público o privado.

Pero nos toca convertir en tangible el principio de probidad y darle identidad. Moldear su cuerpo para convertirlo en terrenal y que los ciudadanos lo sientan real. Reflexionamos y meditamos mucho, no fue simple  tarea y en su construcción aparecen estos componentes: hoja de vida y sus antecedentes, certificados disciplinarios emitidos por los órganos de control, cuantificar su patrimonio ante el estado y verificar que el fantasma del incremento injustificado no aparezca en el momento de entrega. Pero falta algo más y que toca la fibra de lo que en esencia  es ser caballero: el respeto por la palabra.

Rescatar el valor de la palabra, encender su vigencia e irradiar con ella el rumbo de las decisiones. De ahí nace el pacto por la transparencia como cofre que guarda todas las condiciones de integridad del individuo que quiere aspirar a un cargo público. Esto es anticiparnos; en la posibilidad de los juicios predictivos, elegir una persona proba que lidere el proceso de restauración que claman nuestras regiones.

Nuestro  pluviómetro moral: este pacto por la transparencia firmado en Córdoba. Hace unos días al despedir un paciente operado la noche  anterior, me solicitó una “selfie”. Al ver mi imagen a su lado entendí lo sublime de la gratitud del deber cumplido. Eso queremos ver cuando despidamos a nuestros funcionarios: el retrato al lado de sus conciudadanos.

@Rembertoburgose

Publicado: abril 26 de 2019