Santos, un presidente bellaco que se robó impunemente el resultado del plebiscito en el que la mayoría ciudadana votó NO.

Los miembros del politizado y cuestionado comité noruego del Nobel, lo reconocieron: había que premiar a Santos para que pudiera, en palabras de ellos, “salvar el proceso de paz con las Farc”.

5 días antes de que desde Oslo se anunciara que Santos era el Nobel de paz 2016, el pueblo colombiano se había pronunciado en las urnas, votando mayoritariamente en contra del monstruoso acuerdo alcanzado entre el presidente de la República y la banda terrorista de las Farc, encabezada por el delincuente internacional, alias Timochenko.

Colombia votó NO y ese NO significó que el acuerdo debía ser tirado a la basura, para efectos de sentarse a redactar uno completamente distinto. Colombia votó NO y ese NO significó que los cabecillas del terrorismo no podrían, en ningún caso, ser elegidos ni ocupar cargos públicos de ninguna naturaleza. Colombia votó NO y ese NO significó que los miembros de las Farc, responsables de crímenes de lesa humanidad tenían que ir a la cárcel.

Millones de colombianos concurrieron a las urnas aquel 2 de octubre para hacerle frente a la abusiva campaña de manipulación y chantaje de los defensores del SÍ, empezando por el propio Santos que advirtió que si el NO ganaba, empezaría una sangrienta guerra urbana en todo el país. El corrupto senador Armando Benedetti, defensor del gobierno, ofreció paredones de fusilamiento para los que estuvieran en contra del acuerdo. Roy Barreras, por su parte, difundió la tesis de que aquellos que fueran a votar NO, debían ser declarados como amigos de la guerra.

El gobierno y sus compinches, pusieron a rodar miles de millones de pesos por todo el país, para financiar la campaña. Por su parte, las Farc hicieron proselitismo armado en las regiones donde ejercen influencia criminal.

La inmensa mayoría de los medios convencionales de comunicación se volcaron a hacerle propaganda al SÍ. Algunos de ellos, como el que dirige el locutor y evasor de impuestos Darío Arizmendi, pusieron palomitas de la paz en los logos de sus respectivas marcas.

En cada esquina aparecían encuestas que indicaban que el NO iba a ser, literalmente, aplastado. Llegó la hora de la verdad, cuando el pueblo debía dar su veredicto y contra todo pronóstico el NO se impuso. Por un estrecho margen, pero se impuso. En democracia, las victorias no son graduales. Se gana o se pierde. Da igual si la diferencia es de un voto o de 20 millones.

Santos, como es propio de su naturaleza, jugó sucio. No quiso reconocer la victoria de sus oponentes, como tampoco lo hicieron sus aliados. Desde el mismo instante en que se certificó el resultado final de aquel plebiscito, empezó la operación para robárselo. Primero, cuestionando la forma como se adelantó la campaña del NO. Aferrándose a unas declaraciones obtusas del desmañado Juan Carlos Vélez, intentó vender la tesis de que la coalición liderada por el presidente Uribe había difundido mentiras durante la campaña.

Hay que decirlo: los integrantes del NO, que por supuesto no estaban preparados para ganar  el plebiscito, carecían de una estrategia para administrar una victoria que ninguno de ellos alcanzó a vislumbrar.

El resultado de las urnas los tomó por sorpresa y aquello fue capitalizado por Santos. A través de sus negociadores y ministros, convocó a una serie de reuniones para discutir los cambios que debían implementársele al acuerdo final con las Farc.

Todo aquello, le permitió ganar tiempo. Hasta que la madrugada del 7 de octubre llegó el salvavidas final. Fue a través de un comunicado en el que el comité noruego del Nobel, “decidió dar el Nobel de Paz 2016 al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos por su resuelto esfuerzo para ponerle fin a 50 años de ‘guerra civil’ en su país”.

La medallita otorgada se convertía en la licencia para hacer lo que le diera la gana con la democracia colombiana. Ningún líder extranjero se atrevería a cuestionar las arbitrariedades cometidas por un sujeto al que acababan de darle un premio Nobel, como en efecto sucedió. La denominada comunidad internacional, calló ante el abuso cometido por Santos quien pisoteó la voluntad de la mayoría ciudadana, ordenando incluirle unos cambios cosméticos al acuerdo para luego hacerlo convalidar por un congreso cuyas mayorías fueron compradas a través de la denominada mermelada.

Colombia es un país en el que, como repetía Álvaro Gómez Hurtado, todo es importante y nada es trascendental. El asalto a la democracia no tuvo mayores consecuencias. Brotaron expresiones de descontento, algunas manifestaciones de rechazo, pero al final el usurpador se salió con la suya. Hoy, las Farc han hecho tránsito impunemente hacia la política y se les ha creado un sistema judicial diabólico en el que los inocentes serán condenados por jueces afines ideológicamente a los culpables.

Se cumple un año de uno de los momentos de mayor vergüenza para nuestra historia republicana. Un año del momento en el que la voluntad del pueblo colombiano fue desconocida por un presidente bellaco e irresponsable que le entregó el futuro de Colombia a una banda de mafiosos y terroristas como en efecto han sido, son y seguirán siendo las Farc.

@IrreverentesCol

Publicado: octubre 2 de 2017