Soy un admirador ferviente del presidente Iván Duque Márquez desde el primer momento. En Cartagena como en todo el país lo acogimos con gran cariño y respeto. Lo vimos desde el primer instante como el hombre para el momento tan difícil que vivía la nación.

Y su llegada proverbial había sido recibida con gran entusiasmo, ya que veíamos en él, con total certeza (en cambio con Santos algunos desde el primer momento sabíamos del engaño), la continuidad de las políticas certeras del presidente Uribe, las que pacificaron el país y lo colocaron por las sendas del desarrollo económico y social. 

Los colombianos en esos buenos momentos de la patria recuperamos nuestra seguridad como un bien nacional y pudimos salir a deambular por nuestras carreteras. Y en algunos momentos la economía creció a unas tasas del 7%.

Políticas que interrumpió (después de su engaño) el señor Santos. Y que como se vaticinó ha producido una enorme debacle social como no se veía desde la guerra de los Mil Días, generando proporcionalmente desde el acuerdo de La Habana (2016), es decir en tres años, más violencia que sesenta años de insurgencia.

Ustedes se han preguntado qué hubiese pasado si Santos como lo prometió en su campaña hubiera seguido esas políticas, que hubiera pasado si se hubiera dedica a exterminar los cultivos de coca como lo venía haciendo el gobierno Uribe y combatiendo a la guerrilla (a pesar de Chávez) como se hacía en ese momento. Tal vez no habría una sola mata de coca y este flagelo posiblemente estuviera desterrado del suelo patrio.

Pero el presidente Duque, en quien confiamos todavía, parece vivir en otro mundo, muy distinto al real, al que se vive fuera del palacio Nariño (vivir en un palacio no debe ser del todo bueno).

Allí tal vez (suele suceder siempre) un grupo de aúlicos, ensimismado, encerrados en sí mismo, para congraciarse con él, no hacen otra cosa que vitorearlo como a un dios, en vez de estar diciéndole con total certeza la realidad del país, la de la Colombia de a pie, la de la Colombia profunda y abandonada por 200 años de despiadado centralismo, la de la Colombia tomada por la violencia que generan las 300.000 hectáreas de coca que permitió el acuerdo de La Habana, la cual crean un paraestado poderosísimo, muy difícil de combatir.

Confiamos plenamente en que nuestro presidente revisara sus procedimientos, en que los logros de su gobierno serán colectivos y no individuales, en que los ministros tendrán sus logros en la unidad y no la de la individualidad personalizada.

En que no abandonará jamás el diálogo popular, que es el que hace que el pueblo se empodere y se sienta partícipe (lo que le está haciendo falta a Chile), en que hará grande inversiones en los sectores más abandonados; los ancianos, los niños, las mujeres cabezas de hogar, los estudiantes, la pequeña y mediana empresa, el programa de familias en acción, las vías terciaras para conectar el sector rural, la producción agrícola con los mercados y que el Estado deje de ser un Estado de papel.

@rodrigueztorice

Publicado: noviembre 14 de 2019