A pesar de que el país está hasta la coronilla de la polarización causada desde la Casa de Nariño por el presidente saliente, Juan Manuel Santos, todo indica que el propósito del derrotado candidato chavista, Gustavo Petro es el de profundizar la división y sembrar más odio en el seno de la sociedad colombiana.

En su intervención el día de las elecciones de segunda vuelta, Petro hizo públicos los derroteros de lo que será su oposición al gobierno del presidente Duque. Dejó claro que “movilizará” a sus electores a las calles, algo parecido a lo que en su momento hizo el socialista mexicano Andrés Manuel López Obrador, luego de que se confirmaran sus derrotas en las elecciones presidenciales del pasado.

24 horas después de las elecciones, hubo una primera demostración de la ira de los izquierdistas. Fue en la Plaza de Bolívar en Bogotá, justo al frente del capitolio nacional. Tan pronto se conoció la noticia de que el senado decidió aplazar la discusión del proyecto de ley que reglamenta a la cuestionada e ilegítima jurisdicción especial de paz, JEP, una turbamulta de desadaptados irracionales se volcaron a lanzar arengas e insultos contra el presidente Uribe, el presidente Duque y el Centro Democrático.

Es perfectamente natural que un tema tan sensible sea decidido después del 7 de agosto, cuando se posesione el nuevo Jefe de Estado. La JEP debe ser modificada. Urge que a ese mecanismo creado para la impunidad de las Farc, sea objeto de modificaciones estructurales, pues como bien dijo el presidente Duque en su discurso del pasado domingo 17 de junio, es necesario que las víctimas sean reivindicadas. Y para que esa premisa se haga realidad resulta imprescindible que la JEP se concentre en garantizar los derechos de quienes sufrieron los horrores del terrorismo y no en otorgarle impunidad a los victimarios.

Se equivoca de manera grave el chavista Gustavo Petro al plantear que el presidente Duque debe abstenerse de cumplir lo que le ofreció a los ciudadanos durante la campaña.

Todo lo contrario: Duque llegará a la presidencia de la República con un mandato muy claro y muy legítimo. Quienes por él votaron -10.4 millones de colombianos-, lo hicieron porque creyeron en su programa de gobierno que se fundamenta sobre tres columnas: la legalidad, la equidad y el emprendimiento.

Duque fue claro durante su campaña al señalar que no iba a hacer trizas los acuerdos con los terroristas de las Farc, pero sí les iba a introducir cambios para efectos de hacerlos legítimos. De esa forma, el nuevo presidente de la República honrará el voto de los colombianos que en el plebiscito votaron por el NO con el anhelo de que se hiciera un acuerdo mucho más justo con las víctimas.

Petro es un autócrata que tiene una visión bastante retorcida de la democracia. Él, que fue derrotado en las urnas, no puede pretender imponerle las condiciones ni los derroteros al candidato ganador. En la democracia se gana o se pierde. Duque ha dicho que será el presidente de todos los colombianos, pero su gobierno estará guiado por su programa, ese mismo que construyó a lo largo de estos años de diálogo permanente e ininterrumpido con la comunidad. No hay que olvidar que el nuevo presidente, cuando se desempeñaba como senador, hizo muchas jornadas de trabajo en distintos puntos de nuestra geografía donde tuvo oportunidad de conocer de primera mano las necesidades de la gente. Duque no fue un candidato cuyo programa fue diseñado desde una lejana oficina de Bogotá.

Queda claro que Petro no está dispuesto a aceptar el veredicto popular. A él, la democracia le sirve, cuando gana. En las derrotas y los reveses, se declara víctima de lo que él llama “mafias”. Así que el nuevo gobierno debe estar preparado para lo que viene: una oposición cerrera, irreflexiva, fundamentalista, carente de sentido común y de talante republicano. Petro se encargará durante los próximos 4 años de ahondar la polarización y de generar odio entre el pueblo colombiano. Al fin y al cabo, ese es su estilo y esas son sus verdaderas intenciones.

@IrreverentesCol

Publicado: junio 20 de 2018