Hace algún tiempo publiqué unos comentarios sobre la profesora Sheri Berman, que destacó el papel de la social democracia en la consolidación democrática de la Europa occidental después de la II Guerra Mundial. La profesora Berman publicó un importante libro titulado “Democracy and Dictatorship in Europe: From the Ancien Régime to the Present Day“, en el que muestra que el auge democrático en los tiempos que corren es, de hecho, una novedad histórica, pues versa sobre una modalidad de régimen político que todavía está en ciernes.

El profesor Brian Girving, de la Universidad de Glasgow, hizo una interesante reseña del libro, en la que llama la atención sobre el importante papel que jugaron los partidos demócrata cristianos en ese proceso de consolidación democrática.

Pues bien, ahora que entre nosotros se habla de una alternativa social demócrata a propósito del debate electoral venidero, es oportuno hacer algunas precisiones sobre el asunto.

En primer lugar, hay qué preguntar acerca de la idea que sus promotores tienen acerca de la social democracia. 

Si su fuente de inspiración es, por ejemplo, la social democracia alemana, deben recordar que ésta renunció al marxismo hace más de medio siglo y adoptó con toda honestidad los postulados de la democracia liberal, así como los de la economía social de mercado que promovió Ludwig Erhard en el gobierno de la democracia cristiana. Los gobiernos socialistas que lo sucedieron pusieron mayor énfasis en la acción social del Estado, en la dirección pública de la economía, en lo ambiental, en tópicos de lo que hoy se cobija bajo el rótulo de progresismo, y sobre todo en lo que Willy Brandt llamó la “östpolitik”, es decir, el entendimiento con la Unión Soviética. Pero de ninguna manera pusieron en peligro el Imperio de la Ley, las libertades públicas, el aparato productivo, la pureza del sufragio y el pluralismo político. Ya habían abandonado el mesianismo de las primeras Internacionales y el propósito de crear una nueva humanidad. En lugar de la revolución propusieron la evolución. Aceptaron de buen grado que la opinión pública pudiese virar de nuevo hacia sus contradictores de la democracia cristiana, lo cual permitió una sana alternación en el mando. Incluso, llegaron a admitir eventualmente la coalición con ella para hacer posible la gobernabilidad en caso de que ninguno de los partidos lograse una nítida mayoría en las elecciones.

El ejemplo alemán puede verse también en el Reino Unido, en Francia, en los Países Bajos, en los escandinavos y hasta en España, salvedad hecha de lo que ahora está sucediendo con la coalición de extremistas que ejerce el poder y la está desquiciando.

Pero si los postulados de nuestros social demócratas de nuevo cuño se acercan a los del Socialismo del Siglo XXI, hay que combatirlos sin tregua, por supuesto que dentro de una escrupulosa legalidad. La mayoría que buscan en el próximo Congreso sería ruinosa para Colombia. Así sucedería si la controlaran los petristas de la fementida Colombia Humana. Pero a lo mismo se llegaría si la voz cantante la llevasen la Alianza Verde, de la que es bueno recordar que integra el funesto Foro de San Pablo, o el Polo Democrático, en el que medra el tenebroso senador Cepeda.

El abismo que separa a la social democracia europea de los comunistas, abiertos o disfrazados, no es otro que la civilización política. Los últimos son totalitarios, liberticidas y, a no dudarlo, criminales.

Un segundo tema de reflexión tiene que ver con el sistema de partidos. Generalmente se piensa que la separación de poderes, que constituye una preciosísima garantía de las libertades públicas, obra ante todo entre las ramas del poder, olvidando que la misma sólo logra articularse adecuadamente cuando se da un adecuado equilibrio entre el gobierno y la oposición, es decir, cuando unos partidos organizados logran contrarrestar las tentaciones hegemónicas de los que ejerzan el poder.

Conviene recordar sendas reflexiones de Montesquieu y de Lord Acton. El primero señalaba que todo el que ejerce poder tiende a abusar del mismo; el segundo afirmó que el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.

El Socialismo del Siglo XXI sufre una perniciosa proclividad hacia el abuso de poder, que lo lleva a ejercerlo de manera hegemónica y corrupta. Sus voceros se muestran como adalides de la lucha contra la corrupción, pero cuando llegan al gobierno abandonan esas consignas y lo ejercen con el mayor descaro posible. Para muestra, lo que ha sucedido en Bogotá con varios alcaldes que se dicen de izquierda, o lo que parece estar ocurriendo en Medellín con el ya tristemente célebre “Pinturita”.

Hay algo peor. El coronel Marulanda llama la atención en sus escritos sobre la influencia del Crimen Organizado Transnacional (COT) en gobiernos como el de Venezuela. Y, para no ir muy lejos, ¿qué decir de las gravísimas denuncias acerca del papel que jugaron las bandas criminales de Medellín en la elección del alcalde actual?

Acá ya no se está hablando de la corrupción como método de gobernabilidad que debilita a los opositores reales o posibles mediante el vergonzoso reparto de “mermelada”, sino de gobiernos que actúan de consuno con el crimen organizado, es decir, que ellos mismos son gobiernos de delincuentes.

Los procesos electorales que tendrán lugar entre nosotros el año entrante obligan a pensar bien desde ahora mismo en las decisiones que debemos tomar para que el poder se ejerza por quienes tengan claro compromiso con la civilización política y no por los que se proponen destruirla.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: febrero 25 de 2021