La transformación efectiva de una ciudad depende en gran parte de la planeación territorial. Este instrumento técnico no sólo permite definir los objetivos en materia urbanística a los que le apunta una ciudad, sino que establece los elementos principales que moldean las interacciones entre los habitantes al interior del territorio. Por lo tanto, es a partir de la construcción del espacio que se materializan las convergencias entre lo económico, lo cultural, lo social y lo político.

Así las cosas, es evidente que el próximo Plan de Ordenamiento Territorial- POT de la capital, debe superar el cortoplacismo que caracteriza los modelos de gestión en nuestro país y adoptar estrategias integrales que respondan a los retos y necesidades globales a las que se enfrenta una ciudad como Bogotá.  Según lo define la Cámara de Comercio de Bogotá (2018), el POT “se constituye en una carta de navegación para ordenar el suelo urbano y rural, con el fin de consolidar un modelo de ciudad en el largo plazo y para ello diseña una serie de instrumentos y mecanismos que contribuyen a su desarrollo, reglamentado por la Ley 338 de 1997”. Desarrollo que además debe ir en línea con agendas supranacionales como las del 2030 y las políticas locales derivadas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

El proyecto de POT que hasta el momento se conoce, presenta como la mayoría de iniciativas de planeación, aspectos positivos y negativos para el componente urbano y rural de Bogotá. Esta herramienta orienta sus acciones bajo tres ejes principales: la estructura ambiental y de espacio público, la estructura funcional y de soporte, y lo concerniente a la estructura social y económica.

Bien, algunas de las ideas a resaltar son los proyectos estratégicos de cualificación que mejoran el equipamiento existente de lugares centrales como el aeropuerto y la zona de Corabastos, las estrategias asociadas al cuidado medioambiental como un aspecto central para el desarrollo sustentable de Bogotá, el programa de urbanismo estratégico que preserva la estructura ecológica principal de la capital mientras responde a ciertas necesidades de densidad poblacional.

Sin embargo, el nuevo POT cae en un error común: no define con precisión sus políticas y programas a implementar de manera articulada con las iniciativas señaladas anteriormente. Por ejemplo, aún existen vacíos referentes a la disyuntiva entre la continuación de sistemas de transporte altamente contaminantes y la promoción de compromisos ambientales.

Otra posible dificultad que el POT tendría a mediano plazo, es la generación de conflictos a causa de la ampliación de zonas comerciales en centros territoriales de uso residencial, puesto que en  vez de ordenar la ciudad y descongestionar algunos nodos del comercio distrital, podría dar paso a problemas de espacio público y planificación zonal, el uso de suelo en zonas residenciales como en las barrios Pablo VI y Nicolás de Federmann en la localidad de Teusaquillo, donde se pretende cambiar su uso residencial a comercial sin justificación aparente y con el rechazo generalizado de la comunidad.

Sin olvidar la pretensión de construir proyectos urbanísticos que incluirían la compra de predios de alta trayectoria histórica, que como lo señala El Espectador (2019) causan gran preocupación en la población en referencia a casos como el de la Alameda que se quiere realizar para unir el parque El Virrey con el parque Simón Bolívar. En términos generales es la carta de navegación para la Bogotá Futura, pero toca tener en cuenta puntos específicos que deben ser debatidos en el Concejo de Bogotá.

@JuanPCamachoS

Publicado: mayo 31 de 2019