La guerra, el combate, son realidades inherentes a la carrera de las armas y es obligación del militar profesional “sacrificar su vida cuando sea necesario”, aunque “no estamos haciendo referencia al servicio militar obligatorio” dice desde Bogotá una deslucida Corte Constitucional, mientras un celular filmaba a un joven soldado llorando, no sabemos si por miedo o por frustración, en medio de descargas de fusilería en Valdivia. 

La cercanía de la muerte naturalmente causa temor, pero la dureza del entrenamiento, anormal para cualquier otra profesión y mirada como excesiva por desconocedores o sensibleros, busca preparar al militar para cuando la balacera reviente y la explosión aturda la conciencia. Un soldado llorando en medio de un hostigamiento, deja dudas acerca de su entrenamiento y sobre su Comandante. Pero el desasosiego del soldado Jeremías va mas allá, cuando pregunta dónde está la paz. Distraído arrancando matas de coca –otros como él están cuidando frailejones-, lo emboscan y le asesinan a su Cabo. Se siente engañado. Es el desengaño y la desorientación a la que llevaron a los uniformados durante ocho años de maromería política y falso apaciguamiento. Si nuestro Ejercito bicentenario ha sido catalogado como uno de los mejores, pero sus soldados lloran durante una escaramuza o se dedican a filmar videos en vez de usar sus armas y si la aceptación de la ciudadanía a la institución está en su punto mas bajo en 15 años, algo va mal. Empezando por la descarriada justicia que afecta a nuestros combatientes.

En estos momentos de complejidades estratégicas y geopolíticas, los riesgos para Colombia son reales y crecientes. Frente a esas amenazas, la multimisionalidad de nuestro Ejército debe regresar a las carpetas académicas y teóricas de burócratas y nuestros soldados y comandantes deben aplicarse a frenar y neutralizar la manguala narco-marxista-leninista que avanza hacia el poder sostenida en los leoninos acuerdos habaneros y alentada por Caracas. 

Poco después del video del lacrimoso Jeremías, me llegó otro con un payasudo gordiflón militar venezolano berreando lemas políticos envueltos en órdenes de batalla: de esos chuscos militares venezolanos, cualquier cosa se puede esperar. Urge, pues, recuperar ese orgullo y ese perrenque que le han permitido al Bicentenario evitar repetidamente la caída de la patria en manos de timochencos, santriches, marques, al tiempo que le han granjeado celos, envidias y odios. En la vertiginosa desinstitucionalización actual, soldados sollozando son una advertencia de que nos podríamos despeñar, peor que Venezuela

@JohnMarulandaM

Publicado: septiembre 19 de 2019