Se necesita mucha desvergüenza para exaltar con tanto entusiasmo las bondades, no solo de uno de los más descoloridos triunfos de los que se tenga registro, sino también, del espectáculo  electoral más magro y, a su vez, el más oneroso de la historia nacional.

Inmensa desfachatez la del señor Humberto De La Calle, atreverse a decir en su discurso triunfalista que “Hoy celebra el partido Liberal y celebra el país porque tenemos una democracia que permite que la voz de las mujeres y los hombres de buena voluntad sea escuchada”  que “esto fue posible porque tenemos una democracia viva”,  y que es indispensable “protegerla de la corrupción, del clientelismo, el cual asume los recursos públicos como terreno libre para ambiciones personales.”

En primer lugar, engañoso hacer tanto énfasis en las virtudes de la democracia en un país en el que ya prácticamente ésta no existe porque no hay ya separación entre poderes puesto que Congreso y Altas Cortes fueron convertidas en agencias prestadoras de servicios al Ejecutivo, y donde la voz del pueblo no tiene validez porque las refrendaciones populares ahora las acredita es el Legislativo.  Además, porque esa “voz de las mujeres de buena voluntad” de la que habla, como son la de Sofía Gaviria o la de Vivian Morales, quienes al igual que él, querían participar en el certamen fueron arbitrariamente silenciadas.

¿Qué es, entonces, lo que con tanto júbilo debe celebrar el país? ¿Qué en vez de 85 mil millones de pesos que inicialmente tenían presupuestado despilfarrar en esa obscena competencia de egos entre él y el clientelista Cristo Bustos, finalmente no malbarataron sino algo más de 40 mil millones?

¿Ese “ahorro” en la malversación del erario es lo que él llama “proteger la democracia de la corrupción, del clientelismo, el cual asume los recursos públicos como terreno libre para ambiciones personales”?

No tiene presentación alguna, que en un país con tantas necesidades y un pueblo agobiado por una carga tributaria descomunal, el señor De La Calle para satisfacer su vanidad se diera el lujo de botar a la basura semejante fortuna. Un asunto que entre verdaderos demócratas, con una encuesta o como dijo alguien por ahí, con un simple “carisellazo”, hubiera podido resolverse.

Vano y mendaz es pues, el discurso de este politiquero de viejísima data que hoy, después de habernos embarcado en la pesadilla de La Habana que nos tiene arruinados, polarizados y ad portas del Socialismo del Siglo XXI, pretende venderse como un estadista alejado de las maquinarias tradicionales y aparecer como un político nuevo, genuino, veraz y desprovisto de intereses personales.

Ojalá el día de las elecciones presidenciales tengamos todos muy presente al politiquero De la Calle, despilfarrador y embustero, ese que nos dijo con voz firme y tajante que: “¡Si en el plebiscito gana el NO, se acabó el proceso de paz!”, “¡renegociar acuerdos es una ilusión, es imposible!”.

@cdetoro

Publicado: noviembre 27 de 2017