Nunca creímos en Colombia –ni en el mundo– que fuésemos a extrañar al bárbaro de Hugo Chávez.

Aunque ramplón como el que más, el fallecido presidente venezolano hasta simpático y buen conversador era. Adicionalmente, y pese a su megalomanía, con él se podía tranzar, y fueron muchas las veces que reconoció sus metidas de pata, como cuando en 2007 guardó silencio ante un regaño del ex rey Juan Carlos de España en una cumbre de jefes de estado en Santiago de Chile.

Y digo lo anterior porque nadie se imaginaba la encartada que especialmente Latinoamérica se iba a meter con su sucesor, el triplemente ramplón y megalómano Nicolás Maduro, quien lleva cuatro años convertido en un verdadero dictador que ha sumido a su pueblo en la miseria y la desesperación.

Maduro, nacido, al parecer en Colombia –así él lo niegue–, asumió la Presidencia de Venezuela para continuar con el legado de Chávez (legado entre otras cosas inexistente; lo que pasa es que durante gran parte de su mandato el petróleo tuvo precios que oscilaron entre los 100 y los 150 dólares por barril; entonces las arcas venezolanas se llenaron; así cualquiera; con gripa cualquiera tose).

Pues bien, Maduro lleva un cuatrienio aplastando a la oposición. El que no esté de acuerdo con él se va para la cárcel. Así le sucedió al dirigente opositor Leopoldo López, quien desde hace más de tres años en prisión. Su nombre no ha sido olvidado por el mundo gracias a la tenacidad de su esposa, Lilian Tintori.

Como López, decenas de venezolanos se encuentran tras las rejas por el solo hecho de estar en desacuerdo con el régimen de Miraflores. Y no son carcelazos comunes y corrientes. A ellos, a los presos políticos, se les trata peor que a animales. El objetivo es doblegarlos física y moralmente. A los pocos que Maduro ha soltado, su gobierno les ha exigido que se vayan calladitos para sus casas, so pena de ser regresados a la cárcel y a las torturas.

La semana pasada a este troglodita le dio por ordenarle a su “tribunal supremo” que asumiera las funciones de la legítima Asamblea Nacional. El “tribunal supremo” está conformado por un grupito de mandaderos de Maduro. Si a este sujeto le da por decir que en Venezuela la pena de muerte es legal, los “magistrados” del “tribunal supremo” le dicen de inmediato: “Sí excelencia, así es, usted manda, a esos (…) hay pasarlos al papayo”.

Como es de público conocimiento, la Asamblea Nacional está conformada en su gran mayoría por políticos de la oposición, es decir, contradictores de Maduro y sus secuaces –Diosdado Cabello, por ejemplo–. Fue tal la presión de la comunidad internacional que el loquito de Maduro no tuvo camino distinto al de decirles a los “juristas” del “tribunal supremo” que reversaran su exótica sentencia contra la Asamblea Nacional y sus poderes.

Pero quién dijo miedo, según se puede traducir de los acontecimientos que siguieron al reversazo del “tribunal supremo”. Maduro ha aplastado literalmente a la oposición en las calles de Caracas. No les ha permitido que protesten pacíficamente. “Pequeños focos violentos, con la autoridad de la Constitución, fueron (ayer jueves) neutralizados y no lograron su objetivo que era llenar de violencia toda Caracas”, aseguró un altanero Maduro.

Y todo lo anterior con el silencio cómplice de la comunidad internacional. Es evidente que a Estados Unidos poco o nada le importa la suerte de Venezuela. Y ni qué decir de los gobiernos latinoamericanos.

Con contadas excepciones, como el argentino Mauricio Macri, casi todos los presidentes de la región se mueren de miedo ante una eventual rabieta de Maduro.

Entre esos mandatarios timoratos está el colombiano Juan Manuel Santos, quien no se atreve a pronunciar palabra sobre la crisis en territorio venezolano dizque porque Maduro fue clave en el proceso de paz entre el gobierno colombiano y la banda narcoterrorista de las Farc.

Pobre Venezuela. Parece que todo el mundo se olvidó de ella. No hay alimentos ni tampoco medicamentos. La gente está pasando física hambre. Adicionalmente, el Fondo Monetario Internacional ha dicho que es probable que al terminar 2017 la inflación esté cercana al 1.600%.

Un país así es inviable, pero Maduro se niega a dejar el poder seguramente porque sabe que si dimite sus colaboradores y él mismo podrían terminar en prisión, que, en honor a la verdad, es lo que merecen por tener sometido a un pueblo a toda clase de inclemencias.

Sacar a Maduro de Miraflores parece que se está volviendo imposible. Ya la Constitución venezolana –si es que a ese espantajo de normas para derrotar a sus enemigos se puede llamar constitución– no permite un referendo toda vez que el dictador ya entró en los dos últimos años de gobierno.

Está claro que la única solución es una intervención extranjera, pero esas cosas ya son de tiempos pasados. Donald Trump se pondrá a ver que suficiente tiene con los problemas que él mismo ha creado en Estados Unidos como para meterse en Venezuela.

@CancinoAbog

Publicado: abril 7 de 2017