Gústenos o no, compartámoslo o no, el nuevo acuerdo de paz será firmado hoy por el Gobierno y las FARC-EP. Así lo dispuso el Presidente de la República Juan Manuel Santos y por eso desde ayer regresó a suelo patrio Rodrigo Londoño Echeverri –Jefe máximo de la organización guerrillera en tránsito hacia partido político- quien después de estampar su firma en el documento de 310 páginas, seguramente pasará por los pasillos del Congreso de la República, escenario a donde llegará el documento mañana, para que sus miembros, comiencen a expresar SI o NO y en un acto notarial, en el que podrá más el trueque por la autenticación y el cobro al gobierno por su apoyo, que la discusión y el debate jurídico sobre la realidad popular expresada en las urnas.

Después de la catástrofe que padeció el gobierno con el resultado del plebiscito, tras la poca acción electoral de los miembros de los partidos que acompañaron el SI, el Presidente Juan Manuel Santos sabe que la filosofía popular enseña que “para la mordedura de perro, pelos del mismo perro” y pondrá a prueba la lealtad de los congresistas a quienes por adelantado y como arras –antes de las elecciones del 2 de octubre- les ha entregado parte de la torta presupuestal y entiende perfectamente que desde mañana les comienza la cuenta regresiva para la entrega de los vueltos. Las bancadas del NO con el expresidente Álvaro Uribe Vélez a la cabeza, tal vez dirán como respuesta, que se trata de un nuevo acuerdo con algunos ajustes semánticos y dejará claro que “ese es el mismo perro con otro collar”.

El pueblo expectante, seguirá tomando partido hacia alguno de los dos lados. La masa electoral continuará siendo empujada para la conformación de las hordas civilizadas en la antesala a la más sofisticada manera de reagrupar a liberales, izquierdistas y progresistas, versus conservadores, derechistas y cristianos, en la definición ideológica más importante para el nuevo siglo y el nuevo ordenamiento político colombiano.

La historia de violencia partidista no puede volver a repetirse. El marco general del acuerdo de paz fue concebido desde países de la Unión Europea; latitudes desde donde pese a que se han esforzado por elaborar estudios y diagnósticos sobre nuestra violencia política, tienen la obligación de entender que tenemos micro-conflictos en algunos territorios que deben ser resueltos a partir de las propias circunstancias sociales y culturales. Las dificultades del occidente de Boyacá, difieren a las del Cesar y la Guajira. Y las del Urabá antioqueño, son distintas a las del Putumayo y las dos a las de Caquetá. El Estado, tiene la responsabilidad de evitar con sus acciones, que las discrepancias desencadenen en escenarios de intolerancia y de violencia.

Desde hoy, los actores principales de la controversia por la forma de refrendar los acuerdos y sobre sus contenidos, deben adoptar una dialéctica que permita a las masas, entender aún más, el alcance de las decisiones que se están tomando, para que libre y deliberadamente tomen camino y partido. Cuanto bien le haría al país, un gobierno de transición con participación de los matices políticos más destacados en estos momentos de tribulación política de la patria. Seguramente alcanzaríamos el nivel de sosiego para construir la hoja de ruta de la paz estable y duradera. ¿Quién convence a quién?

@AlirioMoreno