Quiero iniciar este escrito pidiéndole perdón a la corrupción, este país ha llegado a niveles de abyección tan profundos, que ya hasta hemos desacreditado el término que describe la circunstancia de actuar de manera contraria a la buena fe y las sanas costumbres.

Produce estupor cada cosa que se muestra en los noticieros y los medios de comunicación, es un escándalo tras otro, parece un concurso interminable para ver quién es capaz de estremecer con mayor fuerza al país, y lo más grave es que aquí no pasa nada.

No es casualidad que los niveles de desfavorabilidad de los órganos estatales se encuentren por el suelo, los colombianos no confían en nada ni en nadie, pero eso contrario a despertar el interés de los gobernantes y de los encargados de la función pública, como un efecto perverso alienta la antipatía de quienes tienen la obligación de estar al servicio de las personas.

Pediré perdón a la corrupción porque soy corresponsable de lo que le está pasando a mi país, apreciado lector no se si usted también lo sea, pero durante estas fechas me he preguntado: ¿acaso no es un pueblo complice cuando convive junto con los sujetos más despreciables sin revelarse contra ellos y exigir a toda costa que esa maldita enfermedad de la corrupción se acabe de una vez por todas?

Pediré perdón a la corrupción porque juré nunca aprender a tolerarla o a comprenderla, aun sin importar la circunstancia que permitiera su desarrollo, pediré perdón a la corrupción porque hago parte de una generación sobre la que no pesa lastre y tiene toda la voluntad de aniquilarla sin un ápice de piedad.

Vivimos en un país en el que hay pueblos a los que el siglo XXI todavía no les ha llegado, eso del acueducto y alcantarillado es algo que zumba en los oídos de algunos pobladores cada cuatro años, cuando los politiqueros de ocasión se asoman a prometer puentes donde no ríos. Pero no crean que estos cara duras van por un periodo a sus cargos y luego salen colorados a esconderse por sus vergüenzas, tienen tan adiestrada su técnica que el rubor de sus mejillas es maquillaje que les sirve para disfrazarse de pueblo y continuar haciendo de las suyas.

Hace ocho días en este mismo espacio y a propósito del intenso dolor que nos produce la crisis de la justicia colombiana escribimos “Cuando la sal se corrompe”, ahora con mayores elementos fácticos a nuestra disposición queremos que esta vorágine encuentre un tope y se detenga para siempre.

Pero es demasiada ilusión para que se convierta en una realidad, un nuevo capitulo de esta tragedia ocurrió nuevamente ante los ojos atónitos de los colombianos; el gran elector del presidente Juan Manuel Santos, Musa Besaile, en versión libre ante la Corte Suprema de Justicia dijo que el abogado Luis Gustavo Moreno lo había extorsionado, exigiéndole una suma de 6.000 millones de pesos para evitar que fuera expedida una orden de captura por un proceso de parapolítica que cursa en su contra, pero que apelando a la táctica colombiana de la rebaja se lo habían dejado en 2.000 milloncitos, ¡a mí cuéntenme una de vaqueros!

En entrevista que le hiciera Vicky Dávila al senador Musa, éste lloró y juró por Dios cuantas veces pudo que era un hombre intachable, que nunca había cometido actos de corrupción, que todo lo que de él se decía eran falsas acusaciones, que su sociedad con el otro gran elector de Santos: Ñoño Elías ¡qué va!, que su participación en el cártel de la hemofilia ¡qué va!, que su vinculación con Odebrecht ¡qué va! Lo único que le podemos creer al senador investigado es que su jefe político, el presidente Santos, lo traicionó.

Le pido perdón a la corrupción por los Ñoños y los Musas, a los que tengo el deshonor de escucharles su voz por primera vez sólo hasta cuando las autoridades los cita a rendir declaración.

@MiguelCetinaC

Publicado: agosto 30 de 2017