Hace ya varios años en una población de Santander, se  celebraba un festival tradicional que congregaba a propios y visitantes por la causa común de festejar el “retorno a casa” de aquellas personas que mantenían lazos afectivos por nacimiento, ascendencia o la crianza en ese lugar. En  esa oportunidad nos encontramos cuatro dirigentes políticos, uno de edad madura que había sido importante como diputado del departamento, diplomático de ocasión y abogado de profesión, quien me había invitado a departir un rato para que le escuchara los últimos acontecimientos políticos de la ciudad y de paso sus repetidas anécdotas que tuvo que vivir cuando el presidente Turbay Ayala lo nombró cónsul en una región selvática del Perú poblada de gentes venidas de todo el mundo atraídas por la bonanza de la coca. Los otros dos, mantenían una rivalidad por ser uno acreedor del otro, se acusaban de mala paga el uno y el otro de usurero.

La tertulia avanzaba bajo la ingesta de aguardiente. El ex cónsul contaba nuevamente dos anécdotas que recitaba de memoria: La primera, la comunicación que le llegó de la cancillería colombiana y que no entendía por estar escrita en clave, pero para su fortuna había viajado con su esposa y ella hablaba en jeringonza y le recomendó leerla al revés para comprender el mensaje. La segunda, la situación que lo obligó a no vivir en la casa del consulado cerca al río, pues una de las primeras noches cuando se disponían a dormir, la cama ya se la había ganado una serpiente de gran tamaño que descansaba plácidamente. Entre tanto los otros dos contertulios avanzaban en la discusión de una deuda, una hipoteca y unos intereses. El acreedor le exigía el pago y lo amenazaba mostrándole las cachas de un revolver viejo que le habían dejado en empeño. El deudor en cambio le manifestaba que para que lo amenazaba, si él no le había hipotecado la vida sino la casa y que bien podría ejecutarlo por vía judicial, sin quitarle la vida. De plano sabíamos que esa discusión no pasaría a mayores.

Fue tanta la discusión y la pelea, que terminamos recomendándoles que se fuera cada uno para su casa. Como fueron los dos que más bebieron se veían muy borrachos. El deudor vivía a escasa dos cuadras del lugar; en cambio el acreedor vivía a las afueras de la población y para su desplazamiento tenía un automóvil del cual refería sólo haber dos en el país, el de él, y otro que usaba Maradona cuando venía a Colombia. Acreedor y deudor seguían peleando y diciéndose frases de ofensa recíproca.  Como el acreedor tenía que salir en revesa y estaba enajenado por efectos del alcohol que había ingerido, lo hacía con lentitud y aparente prudencia. En ese momento por la parte de atrás de su vehículo caía al piso una persona. El conductor se detuvo a observar desde adentro de su carro la escena. Hubo un momento de aglomeración e hizo presencia la policía y personal paramédico en una ambulancia. La persona que estaba en el piso, fue levantada y llevada por la ambulancia. El acreedor confundido y en estado de ebriedad, notando que nadie lo vínculo a los hechos, encendió su carro nuevamente y se marchó del lugar. A la mañana siguiente, el hermano del acreedor llego temprano a la casa del ex cónsul y éste llamo al teléfono de mi casa. Me relató que la percepción que tenía el acreedor, era que la noche anterior echando reversa con su carro, había matado al deudor.

El reporte oficial que me entregaron de la policía y del hospital local, sobre los hechos, la hora y el lugar, fue que un señor vendedor de lotería sufrió un ataque de epilepsia y fue llevado en la ambulancia al servicio de urgencias. Nada más. La emoción y la percepción, dos conceptos sobre los cuales nos queda una lección.

@AlirioMoreno

Publicado: marzo 23 de 2019