Hace pocos años, se propaló la consigna “acuerdo humanitario ya”, manera de acosar al gobierno que tenía acorralada la guerrilla. Sus simpatizantes urbanos salían a hacerle el quite, a distraer la ofensiva de la Fuerza Pública, cuando había Fuerza Pública con moral combativa. Luego del veredicto popular del dos de octubre que rechazó los acuerdos entre Farc y el Presidente Santos, lo cual no significó rechazo a la paz, se viene una agitada campaña de “acuerdos ya”, como quien dice: nada de renegociar lo perdido y apliquemos la fuerza del poder político unilateral.

Para darle piso a esos aires calientes de unos sectores del “SÍ” oficialista, han salido a las calles con velas y oraciones para que alguien les haga el milagro de convertir las modificaciones y cambios propuestos por los ganadores en el plebiscito, en conversos hacia el “SÍ”, así no más, sin reflexión ni respeto por un proceso de acercamiento para formar, hipotéticamente, un frente común de todos los colombianos o pacto social que elabore una salida racional, equilibrada y democrática a la crisis de incertidumbre en que nos encontramos.

El Presidente Santos, ante los resultados del plebiscito e investido por el Nobel, tiene la obligación de respetar esos resultados y ser consecuente con el premio que lo obliga, moralmente, a estar de parte del pueblo colombiano para efectos de una nueva correlación de fuerzas respecto de las Farc y los acuerdos. Aquí le vamos a medir el aceite a Santos: si es capaz de ser el mandatario de una nación de 48 millones de habitantes o el condescendiente y proclive amigo de la guerrilla.

En la mesa donde convergen los delegados del SÍ y del NO, con todas las dificultades y prejuicios que puedan tener unos de otros, deben primar las metas colectivas unitarias, sin que la celeridad que quieren imponer los “yacistas” sin jazz, interfiera las conversaciones sobre los temas más importantes de la vida política y social que asumirán los colombianos “en este siglo”, como decía en campaña el Presidente. Presiones externas indebidas, pero concertadas para crear climas que devengan en hervores sociales que no sabemos dónde y cómo terminarán. Perseverar o azuzar, he ahí el dilema.

Por su parte las Farc tienen como inamovibles todas las 267 páginas del occiso. El depósito en manos de los suizos del documento empastadito y rúbrica de Timoleón Jiménez, se convirtió en una papa caliente. El Presidente de la Comisión de Asuntos Extranjeros de la cámara mayor del parlamento suizo, Ronald Rino Beuchel, señaló que su parlamento no tuvo ninguna voz en el asunto de los acuerdos de paz y añadió: “hay que aclararles a las Farc de manera terminante que Suiza respeta los resultados de votaciones democráticas, ya sea en el interior o en el exterior”. Las Farc, después de seis años de aprender negociaciones, deberían actuar más políticamente que de cerrar tacones de mando militar. En ellos está que armemos unos neoacuerdos en que no resulte herido “el honor militar revolucionario santista-leninista” ni el Estado constitucional colombiano resulte vencido, menos hoy que los del SÍ y los del NO estamos en plan de formar un pacto nacional para una paz duradera y no majadera.