Las encuestas indican que hay en la sociedad colombiana una profunda insatisfacción por el rumbo que la ha llevado el gobierno de Juan Manuel Santos.

El temor más arraigado radica en que sigamos el fatídico ejemplo de Venezuela, que constituye muestra elocuente de los desastres que produce el comunismo, sobre todo en su versión castro-chavista.
Ese peligro es real. La camisa de fuerza  con que a nuestra institucionalidad ha pretendido atarla el NAF va hacia allá. Los que promueven su implementación no obran inocentemente, pues bien saben qué es lo que quieren obtener. Sus objetivos son nítidos: crear desorden en todos los ámbitos en beneficio de la acción revolucionaria de las Farc y sus conmilitones.
Las elecciones del próximo domingo serán decisivas para la suerte de Colombia. La ciudadanía tiene ante sí básicamente dos opciones: mantener la trayectoria fijada por los acuerdos de Santos con las Farc o darle un viraje sustancial tendiente a restaurar la institucionalidad que aquel ha resquebrajado con sus torpes acciones.
Es tan deplorable el balance de la gestión gubernamental de Santos, que prácticamente ninguno de los aspirantes a verse favorecidos con el voto popular en las jornadas electorales venideras se atreve a encomiarlo. Todos tratan de deslindarse de él, pero no hay que ignorar que el compromiso de perseverar en la implementación del NAF conduce inexorablemente a mantener la línea fijada por Santos.
Continuarla nos llevará sin remedio por la pendiente de la ruina. Hay que ponerle freno ese proceso y enderezarlo hacia otros objetivos.
Los que ha propuesto el Centro Democrático desde su creación mantienen su vigencia: Seguridad Democrática, Confianza Inversionista, Cohesión Social.
La inseguridad que padecía el país en 2002 ha revivido en los últimos tiempos. El ambiente de zozobra se pone de manifiesto en todas partes. La paz de Santos no ha restablecido el orden. Por el contrario, lo ha desquiciado y la delincuencia de todos los pelambres es la que impone su funesta ley en todas partes. No en vano alguien ha dicho hace poco que los únicos que parece que se han desarmado son los militares y los policías.
Colombia clama por la autoridad, que es lo que menos le gusta a la izquierda revolucionaria que aspira imponer la suya cuando se tome el poder, pero no acepta la que emana de procesos electorales libres y democráticos.
La economía está severamente resentida y el temor de que se imponga el castro-chavismo ya está haciendo estragos. Los inversionistas extranjeros ya no confían en Colombia y se están moviendo hacia otros países que les ofrezcan mejores garantías. Lo que logró Uribe bajo su gobierno lo destruyó Santos con su desgobierno. Si las fuerzas que lo han respaldado tienen éxito en estas elecciones, la desbandada inversionista no tardará en producirse.
Santos entrega un país dividido y desorientado. Su claudicación ante los criminales de las Farc ha sido motivo de escándalo y desasosiego para muchísimos compatriotas. Y no solo ha claudicado ante los violentos, sino frente a los corruptos en quienes se ha apoyado para obtener sus objetivos.
La cohesión social, que es en lo que consiste realmente un estado de paz, no puede lograrse a espaldas de la justicia, sino reconociéndole a cada uno lo que legítimamente le corresponde en aras del bien común. Este les impone a los diferentes sectores sociales beneficios y cargas que redundan en favor de todos.
Es verdad que Colombia exhibe demasiadas inequidades. Hay que identificarlas y buscar acuerdos para corregirlas. Pero es lo cierto que el NAF no va por ese camino, pues es un instrumento urdido en favor de las Farc y sus propósitos  totalitarios y liberticidas, mas no de una auténtica justicia social.
Usted, ciudadano, tiene en sus manos el futuro de Colombia, su patria. Su voto cuenta, es usted quien decide.
Publicado: marzo 8 de 2018