El censo de alzados en armas de las Farc arrojó cerca de 5.700 efectivos que se esperaba que se recluyeran en las zonas de tolerancia convenidas con el gobierno y entregaran sus armas con miras a su desmovilización definitiva y su reinserción a la vida civil.
Esa cifra no incluye los frentes más involucrados con el narcotráfico, de los que se dice en ciertos mentideros que los capos de las Farc los negociaron con el Cartel de Sinaloa, ni un número indeterminado de niños que pondrían en evidencia la atroz política de reclutamiento llevada a cabo por esa organización guerrillera. Tampoco incluye milicianos ni miembros del Partido Comunista Clandestino (PC3) incrustados en distintos ámbitos de la dirigencia nacional.
¿Cuál es el porcentaje del electorado colombiano que representan las Farc?
Dentro de la gente que normalmente concurre a las elecciones, es un porcentaje irrisorio que suele apoyar al Polo Democrático. Pero este partido representa más bien a la izquierda no violenta. Deliberadamente se lo creó como una alternativa civilizada frente a la barbarie guerrillera que ha desacreditado los ideales de la izquierda.
Los capos de las Farc, que son bastante dados al delirio, suelen afirmar que ellos son voceros de la mayoría silenciosa que suele abstenerse de votar porque no se siente representada por el sistema político imperante. Pero esa mayoría silenciosa que podría haberlos catapultado hacia la conquista del poder el dos de octubre, no se manifestó en su favor y mantuvo su abstencionismo. No se interesó en apoyar un acuerdo que los habría convertido en la fuerza política dominante en el país.
¿En qué reside entonces el poder de las Farc?
Por supuesto, aunque sus efectivos no parecen ser muchos, su capacidad de hacer daño es enorme, porque, igual que los salvajes del Eln, son terroristas implacables y fanáticos. Intimidan a las comunidades con las acciones más crueles que sea dable imaginar. Las obligan a cultivar y procesar la coca. Y después salen a jactarse del apoyo que las mismas les brindan, así como a proclamar que son sus defensoras.
En medios internacionales se considera que las Farc son una de las organizaciones narcotraficantes más poderosas del mundo. Se piensa, además, que controlan más del 50% de la minería ilegal en Colombia. Su riqueza se estima en muchos billones de dólares y de esa manera constituyen de hecho un factor real de poder susceptible de influir decisivamente en diversos escenarios colectivos. Uno de esos modos de influencia es la corrupción, lo cual da lugar a preguntarse cuántos dirigentes sociales han sido permeados por el dinero de las Farc.
En el fondo, el poder de las Farc es mediático. A través de los medios de comunicación  han impuesto la creencia de que son invencibles y representan unas opciones de justicia social que serían muy benéficas para las comunidades si se las pusiera en práctica. Esos medios han tratado de convencer a la opinión de que el Acuerdo Final traería consigo la anhelada paz.
Pero el electorado colombiano no se dejó engañar. Entendió a cabalidad que el Acuerdo Final es un texto claudicante y pernicioso que no ofrece la paz ni beneficio alguno que compense los exorbitantes privilegios que prevé para los guerrilleros.
Tanto las Farc como Santos y sus secuaces sufrieron una nítida derrota hace dos semanas.
Es inconcebible que ahora se presenten como triunfadores. Por el lado de las Farc, anuncian que tienen la sartén por el mango y la paz se hará como ellas quieran y no como lo disponga la ciudadanía. Y Santos, envalentonado por el Premio Nobel de Paz  que insólitamente se le otorgó, pretende poner freno a la exigencia de la mayoría que nítidamente dijo que quería la paz, pero no al precio que él estaba ofreciendo.
Santos, sus negociadores y los capos de las Farc tienen que entender que perdieron el año. Mejor dicho, perdieron seis años y no pueden esperar que la Colombia profunda que se manifestó en el plebiscito se conforme con ajuste cosméticos al Acuerdo Final que no pasó la prueba de la refrendación plebiscitaria.
Como lo dijo paladinamente la Corte Constitucional en su fallo sobre el PLE que dio lugar a la celebración del plebiscito, los efectos del No se traducen en que ese Acuerdo Final no podrá implementarse ni volverse a someter al escrutinio popular. Si se quiere convocar de nuevo al pueblo para que se manifieste en ejercicio de su poder soberano, tendrá que presentársele un acuerdo sustancialmente distinto.
Mientras Santos no acepte su derrota, seguirá dando palos de ciego. Y, entonces, bien cabe formular la incisiva pregunta que hace el Evangelio: ¿Qué guía podremos esperar de un ciego?