Esta semana los colombianos volvimos a sentir el dolor y la impotencia que deja la barbarie devenida del narcoterrorismo.

Con solo 16 años, y por cuenta del ELN, una niña indígena fue reclutada, y obligada a sembrar un artefacto explosivo que finalmente le estalló en sus manos, ocasionándole la pérdida de sus dos bracitos y un ojo. Ocurrida la tragedia la abandonaron a su suerte, en un acto demencial, y propio de unos terroristas infames y desalmados, que hablan de paz, pero que solo dejan terror y muerte a su paso.

Por si fuera poco, ayer miércoles, el país despertó con la trágica noticia del asesinato de 6 jóvenes soldados y otros 8 de ellos heridos de gravedad, esta vez por cuenta de las mal llamadas disidencias de las Farc, que no son otra cosa que el brazo armado de una guerrilla que no ha dejado de existir, y que tal como el ELN, sigue cometiendo delitos de lesa humanidad.

Otra vez la barbarie. Niños campesinos e indígenas están siendo utilizados, cercenados y asesinados, jóvenes soldados, con la vida por delante, con sueños por realizar, que están ahí a pesar de todo. Honrando su uniforme, a veces hasta el punto de pagar con su vida misma la labor de proteger al pueblo colombiano. Crecen las disidencias de las Farc, el ELN se ha fortalecido también en número de hombres y armas, lo que explica el que volvieron los secuestros y desapariciones en la frontera con Venezuela. 

Crece también el número de niños reclutados por miembros de organizaciones sin un fin político, porque en realidad no lo tienen, ni persiguen nobles ideales. Son una recua de bandidos cuyo único objetivo es lucrarse de economías ilegales como el narcotráfico la minería ilegal o el secuestro, y para ello siguen acabando con nuestras selvas, sin importar si con ello arrasan con nuestros bosques y parques naturales, causando un daño enorme a la biodiversidad, y todo para extender su emporio criminal.

Hoy solo el 25% de los desmovilizados continúan en las zonas de reinserción. Algunos de quienes abandonaron los territorios tratan de rehacer su vida desde la legalidad, pero están siendo víctimas de una vendetta auspiciada por sus antiguos compañeros de fila que prefirieron regresar al lucrativo negocio criminal.

Es hora de abrir los ojos. Colombia debe volver la vista a la realidad, y apoyar decididamente a nuestras Fuerzas Militares, hoy difamadas y acosadas por líderes políticos de la oposición, que solo viven de mentir y sembrar odio entre los colombianos, pretendiendo deslegitimar a las instituciones, pese a que muchos de ellos tienen sus manos manchadas de sangre, algo que no pueden ocultar, aunque ahora funjan de adalides de la Justicia.

No nos van a arrodillar. Sé, que pese a tanta infamia, nuestras Fuerzas Militares y de Policía seguirán combatiendo a la delincuencia. Pero necesitamos del concurso de todos los ciudadanos. Cada militar y cada policía, en cualquier rincón de la geografía colombiana tiene que saber y sentir que tanto el Gobierno del Presidente Iván Duque, como los ciudadanos de bien, estamos orgullosos de ellos. Son nuestro bastión en la lucha  para evitar que regresen el terror y la barbarie.

Paz en la tumba de los héroes que ayer en límites entre Caquetá y Meta, entregaron su vida en aras de proteger a millones de colombianos que nunca tendremos cómo pagar su sacrificio. Estoy segura que estos muchachos valerosos se fueron soñando que un día tendremos un país que pueda decir “Nunca más la barbarie”, y a eso debemos comprometernos todos. Es el mejor homenaje que podemos rendirles.

@JenniferAriasF

Publicado: junio 18 de 2020