La semana pasada el presidente Juan Manuel Santos les echó la culpa a los medios de comunicación por el pesimismo en que vivimos los colombianos.

Nada más alejado de la realidad. Si no fuera por los medios de comunicación, sobre todo los de Bogotá, Santos a lo mejor ya ni siquiera fuera el gobernante de los colombianos.

La verdad es que la gran prensa del país, con contadísimas excepciones, lleva siete años tapándole todo al inquilino de Casa de Nariño. Y los que han osado meterse con él –como el respetado Juan Paz en El Mundo de Medellín– han terminado defenestrados y con un problema inmenso: nadie les da trabajo para no atizar la ira presidencial. O si no pregúntenle al maestro Gardeazábal.

Son esos medios de comunicación los que más le han alcahueteado al jefe de Estado con los mentirosos procesos de paz con las guerrillas.

Son esos mismos medios los que les hacen fila a los cabecillas de las Farc y del Eln para entrevistarles y prácticamente decirles que son unos héroes y que Colombia sin ellos no fuera lo mismo.

Son esos mismos medios los que callan ante la responsabilidad del Presidente de la República en escándalos de corrupción como el de Odebrecht o el de los espurios aportes de esa corrupta empresa brasileña a sus campañas a la Presidencia de 2010 y 2014.

Son esos mismos medios los que llevan más de siete años exaltando a Santos a la dignidad de personaje del año. Y cuando no ha sido él, son sus funcionarios más cercanos –léase sus ministros o los negociadores con las bandas guerrilleras–.

Son esos mismos medios los que rodean a ex funcionarias de la laya de Cecilia Álvarez y Gina Parody, cuya comprometedora actuación en la construcción de la vía Ocaña-Gamarra debería tenerlas en serios líos judiciales. ¿O acaso Álvarez no sigue siendo columnista del principal medio de comunicación del país?

Son esos mismos medios los que se hacen los de la vista gorda ante tanto señalamiento que desde diversos sectores se le hacen al recién posesionado vicepresidente Óscar Naranjo. Por el contrario, al hoy general en retiro de la Policía lo tratan con guante de seda a pesar de que la opinión pública lo ha instado a que dé explicaciones por pasajes poco claros de su vida.

Y planto aquí con la interminable lista de “amoríos” entre Santos, su gobierno y la gran prensa del país porque si sigo soy capaz de llenar un libro del tamaño de un directorio telefónico y de los viejos.

Hablando de periodismo, leí con juicio el artículo que el pasado miércoles escribió Santos en El Tiempo a propósito de los 100 años del natalicio de su padre, don Enrique Santos Castillo.

Ciertamente en el escrito hay apartes bien llamativos. Por ejemplo, que qué diría don Enrique del periodismo actual: “‘Que la chicha se puso a peso’, una expresión que utilizaba frecuentemente cuando las cosas se complicaban. Y lo diría porque el papel que jugó toda su vida, el de editor, el de intermediario y filtro de las noticias, el que les da dimensión y contexto, el que separa lo trivial de lo trascendental, se ha venido debilitando y deformando en Colombia y el mundo”.

Como ustedes amables lectores recordarán, el 10 de diciembre pasado el presidente regañó a una periodista de RCN Televisión porque le preguntó en Oslo por la relación entre su Premio Nobel de Paz, el petróleo y el gobierno noruego.

A la conspicua comunicadora Karla Arcila, el jefe de Estado la regañó en público dizque porque no acudió a los filtros periodísticos.

El tema es muy sencillo y es al contrario: don Enrique Santos hubiera felicitado y ascendido a Karla Arcila por haber hecho la pregunta que era y por no haberse arrodillado ante el poder, así ese poder estuviera representado en unos de sus hijos.

Por último, quisiera que el presidente Santos nos explicara por qué los colombianos deberíamos estar optimistas y no tristes, como en realidad lo estamos. ¿Acaso por el hecho de que él les entregó el país a “Timochenko” y sus secuaces? ¿Acaso por el hambre que están pasando millones de compatriotas? ¿Acaso por la reforma tributaria que nos convirtió a los colombianos en 19% más pobres?

No, señor presidente, aquí en Colombia desde hace siete años hay poco que celebrar. Ni siquiera su Nobel de Paz. Aquí estamos aburridos de sus desvaríos y de ese estilito chocante y excluyente de su gobierno. Estamos aburridos de la inseguridad que reina en el país, del creciente desempleo que nos azota y de la corrupción de su administración. Y estamos aburridos de ver que su gobierno le rinde pleitesía al dictador de Caracas, pese a que él aplasta a la oposición y al legítimo derecho a la protesta de la mayoría de venezolanos.

@CancinoAbog

Publicado: abril 14 de 2017