La situación de Venezuela es totalmente caótica. Hiperinflación, desabastecimiento, persecución política, concentración absoluta del poder y el esparcimiento absoluto de la pobreza son las consecuencias del asentamiento de una dictadura socialista por casi dos décadas.

Estos factores, sin embargo, no son de nuevo conocimiento en nuestra región. Durante años la mayoría de los países del hemisferio guardaron un silencio cómplice a cambio de recibir favores políticos o económicos del régimen chavista. No obstante, en el último año surgió un nuevo fenómeno que, sí bien impacta a todo el continente, tiene su mayor concentración en nuestro País: la inmigración.

Como tal, hoy en día hay más de 1 millón de venezolanos en Colombia y, como van las cosas, este indicador pareciera incrementar notablemente a futuro. Al ver esta situación, la única solución real, plausible y efectiva que lograría solucionar dicha situación es la caída del régimen chavista.

Desde Colombia podemos hacer planes de contingencia, programas de atención humanitaria, brigadas de atención en salud y múltiples actuaciones más para ayudar a nuestros hermanos venezolanos que se encuentran en el territorio, pero, hasta que el régimen no caiga, todo eso no va a ser más que paños de agua tibia que no solucionarán de fondo la situación.

Por eso, es urgente que el mundo enfoque su atención en Venezuela, de tal manera que se logre recuperar la libertad en el País más rico de América. En este contexto, muchos sectores han planteado la necesidad de una operación militar que derroque al régimen de Maduro, dada la parsimonia y poca fuerza coercitiva de las organizaciones internacionales.

Ciertamente, adelantar una operación como la realizada contra el dictador Noriega en Panamá que logre capturar a Maduro y al resto de la cúpula chavista para llevarlos ante la justicia es una opción efectiva y tentadora. 

Sin embargo, los costos políticos, humanos y económicos de esa acción deben ser altamente estudiados, de tal forma que la cura no resulte peor que la enfermedad. Lo cierto es que, mientras se contempla esa posibilidad, hay que ejercer la mayor presión internacional para acorralar al régimen.

El notorio cambio en la política exterior de Colombia en cabeza del gran Canciller Carlos Holmes, el embajador Alejandro Ordóñez y el Presidente Duque es el primer paso para tal propósito. El fin de la diplomacia babosa de Juan Manuel Santos permitirá actuar contundentemente en el escenario internacional para sumar todas las fuerzas posibles y contemplar todas las posibilidades que lleven a la liberación de un pueblo oprimido por una mafia estructural escondida en el falso discurso de la igualdad social.

La libertad de Venezuela es una ilusión que no solamente esperanza los millones de venezolanos desplazados por el régimen, sino que necesita urgentemente nuestro País para no sufrir las consecuencias de una explosiva migración que podría consolidarse en los próximos años de no materializarse ningún cambio.

@Tatacabello

Publicado: septiembre 28 de 2018