Todo lo que rodeó la campaña presidencial que acaba de finalizar en los Estados Unidos nos permite probar como nunca que existe un establecimiento global que articuladamente desde diferentes países pretende imponer un nuevo orden mundial donde la democracia es lo menos que les importa así se presenten como defensores de la democracia.

El presidente Donald Trump se había convertido en un problema de marca mayor para el desarrollo de la agenda que se viene implementando desde hace varios años en el mundo occidental donde su principal objetivo es la imposición de un sistema político que pretende estar por encima de los principios y valores democráticos.

Los Clinton, Obama, el grupo de Puebla (antiguo Foro de Sao Paulo), Juan Manuel Santos, Lula, el kirchnerismo, y otros actores, representan en América ese establecimiento que viene creciendo gracias a los pactos de convivencia tejidos desde sus gobiernos en los cuales cada uno protege sus intereses y los intereses de los demás. Los mueve la manipulación, la imposición, y claro, sus intereses, en especial los económicos e ideológicos, para lograrlo vienen aprobando legislaciones y jurisprudencias que benefician particularmente a los medios de comunicación, empresarios e industriales, universidades, sindicatos, educadores, sectores de la iglesia católica, y el más poderoso de todos, la justicia.

La fachada que logra conquistar seguidores, likes, y fanáticos, es la protección de la vida -a pesar de que promueven legalización del aborto y la eutanasia-, defensa del medio ambiente y cambio climático, acogida a los migrantes, protección de la comunidad LGTBI, imposición de la ideología de género, asistencialismo desaforado, energías renovables… discursos políticamente correctos, melodiosos al oído de las personas; quien se atreva a contradecir esa agenda es estigmatizado y señalado como extremista, odiador, enemigo del interés común y de la paz, racista o fascista, misógamo o homofóbico.

Este nuevo orden mundial acude al colectivismo y al unanimismo como estereotipo de comportamiento moderno, desconociendo y satanizando las tradiciones culturales, religiosas, sociales, políticas… que nos han permitido crecer como nación. El Papa Francisco, en su ultima encíclica “Fratelli Tutti” la define como el fin de la conciencia histórica, y sentencia que estamos presenciando un proceso de “desconstruccionismo”, donde la libertad humana pretende construirlo todo desde cero.

Nada más peligroso para la democracia, para el disenso, para la contracción, para las ideas, para el individualismo, que la imposición del colectivismo y el unanimismo. Lo que ocurrió en EE. UU. es de suma gravedad, no por la derrota electoral de Donald Trump, sino por la vulneración de principios fundamentales que rigen a las sociedades democráticas como lo es la libertad de prensa, expresión, opinión e información, fundamentales y con mayor importancia ahora que vivimos en el mundo de las redes sociales.  

Grave que se construyan narrativas desde los medios de comunicación para presentarse ante la sociedad como los voceros de la verdad y los censores de la mentira, y prefectos de los correcto y lo incorrecto. Estos esquemas colectivistas vulneran los principios rectores de la justicia, del debido proceso, de la presunción de inocencia, deteriora instituciones democráticas que preservan derechos individuales.  

La democracia está en peligro cuando quienes deben preservarla y ser garantes de ella se convierten en defensores y militantes de intereses y utilizan esa condición para silenciar a los demás. La democracia funciona con mayorías en las urnas, en los colegios electorales o en los parlamentos, como demócrata se debe respetar y acatar, pero no se confundan, eso no quiere decir que claudiquemos en la batalla por la defensa de nuestros principios ideológicos y políticos, y para que esas ideas gobiernen.   

@LaureanoTirado

Publicado: noviembre 10 de 2020