Pareciera existir una especie de consenso alrededor de la idea de que el ser humano —el mundo entero— será fundamentalmente distinto después de la pandemia; un ser mucho mejor, en opinión de una gran cantidad de analistas. ¿En serio? Yo no estaría tan seguro.

Hace poco se conoció la ahora famosa carta que le escribió el político conservador Laureano Gómez a un amigo en 1918, en la que le relata las vicisitudes por las que pasaban los bogotanos de entonces a raíz de la letal ‘gripa española’, una pandemia que también pasó por aquí dejando un reguero de muertos.

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Relata Laureano que la epidemia de gripa tenía alarmada a la ciudad y paralizada la vida; todo estaba cerrado: oficinas, colegios, universidades, teatros, cines…. No se veía un alma en las calles y los peluqueros no tenían trabajo porque nadie se quería hacer motilar ni rasurar por miedo a la bronconeumonía. Destaca que al principio fue «cosa de risa» ver a todo el mundo estornudando, pero que muy pronto empezó a morir gente repentinamente en las calles, creció el pánico, aumentaron los entierros y se acumularon los muertos en los cementerios por falta de sepultureros.

Menciona que morían hasta personas muy notables, cuyos entierros iban sin acompañantes, como los de la gente pobre. Entre esos notables de la alta sociedad menciona a varios senadores y políticos con sus esposas, al hijo de Nemesio Camacho, uno de los hombres más ricos del país y quien donó los terrenos para el estadio El Campín de Bogotá, y hasta al hijo del presidente Marco Fidel Suárez, aunque este no murió en Colombia sino en Estados Unidos, víctima de la misma pandemia.

El dirigente conservador no omite hacer mención a la crítica situación económica. Los gringos prohibieron las importaciones de café, desquiciando a los hacendados de entonces, y la canasta familiar se trepó por las nubes —la leche, la carne, la naranja, el limón—, seguramente por acaparamiento y problemas con las incipientes cadenas de suministro de la época.

Como si no fuera suficientemente trágica, la crónica de Laureano describe una escena dantesca al mencionar el fallecimiento de la empleada de un conocido suyo: «La novedad más cercana al grupo le ocurrió al viejo León que se le murió una sirvienta en la casa. Amaneció rígida en el comedor con una panela en la mano».

Como vemos, pandemias ya han ocurrido con todas sus lamentables consecuencias, y eso no ha sido tan devastador como para arrasar con el país y su gente. Por el contrario, el progreso que se ha dado en el último siglo es innegable, si bien andamos a la saga de las naciones más desarrolladas y no encabezamos ningún proceso de transformación importante.

Pero, ¿la ‘gripa española’ cambió algo en la sociedad de entonces? ¿Nos hizo mejores seres humanos? Es curioso que ahora prestemos atención a una carta de Laureano Gómez, quien, precisamente, no es de la mejor recordación entre los colombianos, los ya muy mayores que vivieron esos tiempos. A su ingrata memoria atribuyen muchos el que su hijo Álvaro, una de las mentes más brillantes del país, no haya sido presidente. Y es necesario mencionar que fue precisamente la repatriación de los restos mortales del hijo de Marco Fidel, el arma de la que se valió Laureano para defenestrarlo en una muestra de odio inconcebible. Don Marco, pobre y honesto, es el más honrado presidente que ha tenido Colombia: pidió un préstamo a un banco gringo, respaldado en su sueldo de presidente, para pagar el traslado al país de los despojos de su hijo, y Laureano convenció al Congreso de que esa actuación había sido indigna. Si hubiera echado mano del Tesoro Público, tal vez la clase política no habría dicho nada.

La verdad es que la contingencia de estar encerrados tres meses en las casas no es tan grave como para provocar cambios trascendentales a nivel individual o colectivo. ¿Acaso olvidamos a esas personas que estuvieron secuestradas por las Farc más de diez años? La breve cuarentena de estos días apenas puede compararse con la convalecencia de alguien que ha tenido un accidente medianamente grave. No más. Y no hay que buscarle sentido metafísico: no es un castigo de Dios, ni una queja de la naturaleza, ni un aviso del universo.

Al que es como don Marco, ninguna pandemia lo corrompe, ninguna cuarentena lo pervierte. Y el que es como Laureano, difícilmente se corrige, aunque a veces el escarmiento sirve y se inician cambios que, con el tiempo, pueden calar muy hondo. Pero el día que anuncien la vacuna contra el Covid-19, celebraremos y volveremos a ser los mismos de hace tres meses. ¿Mejores? Basta ver el maltrato dado al personal de la salud por estos días, no solo en Colombia. Lo bueno es que dentro de unos años nos acordaremos de esta época como una simple anécdota, como la vieja carta de Laureano Gómez.

@SaulHernandezB

Publicado: abril 21 de 2020