El presidente más impopular de la historia y que persigue judicialmente a sus opositores recibirá un Nobel pero de cartulina.

A finales de esta semana, Juan Manuel Santos alcanzará la gloria. Logrará lo que siempre anheló: el reconocimiento y el aplauso mundial. Edificó una carrera política a punta de engaños, de trampas, de canalladas para conseguir la meta. Traicionó a quienes lo impulsaron para llegar a la presidencia de Colombia y, lo que es peor, a los millones de ciudadanos -9.028.943 colombianos- que votaron por él confiados en que continuaría por la senda de la Seguridad Democrática y al poco tiempo de su posesión el 7 de agosto de 2010 se dieron cuenta de que habían sido literalmente estafados.

Y eso es Santos: un estafador político. Ofreció Seguridad Democrática –con todo lo que aquello implica- y entregará a un país rendido ante el terrorismo, perfectamente arruinado y convertido en un mar de coca. Recibió a Colombia de camino hacia la prosperidad y entregará en 2018 –si es que no renuncia antes a la presidencial pues ya tiene su Nobel de Paz que era su verdadero objetivo de gobierno- a un país a la deriva y en riesgo de caer por el abismo del socialismo.

El gobierno Noruego, que hay que recordar recibió previamente a la entrega del Nobel un multimillonario contrato petrolero (puede leer “No hay almuerzo gratis”), ha premiado a Santos por su empeño en buscar la paz. Pero, ¿cuál paz? Ante las Farc, él claudicó mientras que se burlaba de la sociedad.

Desde los tristes años de la violencia bipartidista, en Colombia no se sentía un clima de polarización y crispación como el que hoy se registra en todos los rincones del país. Santos prometió que la última palabra frente al acuerdo de paz la tendría el pueblo. Convocó a un plebiscito amañado y lo perdió. En vez de acatar con talante republicano el veredicto democrático, recurrió a las trampas que con nefastas consecuencias se han implementado en Venezuela y tramposamente se pasó por la faja la victoria del NO. Muy parecida la actitud de Santos a la que en algún momento tuvo Hugo Chávez en 2007 cuando la oposición que también hizo campaña por el NO frente a una reforma constitucional que fue sometida a plebiscito resultó ganadora. Chávez, desconcertado, dijo que aquella había sido “una victoria de mierda”.

Santos, que es de mejores maneras pero igual proceder que su fallecido mejor amigo, no utilizó esa expresión pero con su actuación envió el mismo mensaje: el triunfo de sus opositores fue tratado como algo excremental.

Ante ese panorama, Santos recibirá el Nobel de Paz como presidente y propiciador de la mayor confrontación social y política que se ha vivido en Colombia en los últimos 60 años. Hasta su llegada al poder, el desafío terrorista no había logrado que la sociedad se dividiera interiormente como efectivamente ha sucedido en este gobierno.

Resulta contradictorio que el comité noruego le haya entregado el Nobel de Paz a una persona que, además, ha violentado los linderos de la división de poderes para orquestar una sistemática persecución judicial contra distintos líderes de la oposición. En esa macabra cacería cayeron personas claramente inocentes como Luis Alfredo Ramos, Diego Palacio Betancourt, María del Pilar Hurtado, Sabas Pretelt, el Comisionado de Paz de Uribe, el doctor Luis Carlos Restrepo, entre otros. La persecución judicial se extendió al ámbito familiar cuando la justicia, sin prueba alguna, ordenó la captura de Santiago, hermano menor del presidente Uribe.

Santos no será ni el primer ni el último galardonado con el Nobel de Paz que es exaltado en ultramar y repudiado al interior de su país. Seguramente cuando abandone la Casa de Nariño saldrá de Colombia y volverá esporádicamente a darle vuelta a su finca de Anapoima y a revisar los inmuebles que ha adquirido a través de su inquieto hijo Martín en los últimos años, pero nadie lo extrañara y nadie lo echará de menos.

@IrreverentesCol