No son pocos los antiuribistas que emocionados se frotan las manos mientras concluyen que entre los presidentes Duque y Uribe hay una irremediable división causada por el arreglo al que se llegó con los indígenas facinerosos que durante 26 días tuvieron bloqueada a la vía Panamericana.

La de ellos, es una alianza política indivisible. Juntos, dieron la batalla contra los abusos del gobierno de Juan Manuel Santos. Juntos, construyeron el partido Centro Democrático y juntos trazaron la ruta para la reconstrucción de Colombia. Duque desde la presidencia de la República y Uribe desde el Senado. 

El hecho de que ellos tengan una clara identidad ideológica, no significa, ni mucho menos, que estén obligados a coincidir plenamente en todos los aspectos. 

Con ocasión al desenlace del aburridor asunto indígena, el presidente Uribe, muy respetuosamente ha planteado su opinión y ha recordado cómo durante su exitoso gobierno se le dio manejo a situaciones parecidas. 

Pero los momentos y las circunstancias son muy distintas. Durante la seguridad democrática era mucho más fácil contener ese tipo de actividades terroristas que ahora, cuando a Duque le correspondió recibir un país con su fuerza pública prácticamente desmantelada, son de un cariz totalmente distinto. 

Lo que vemos no es un ataque del expresidente Uribe al gobierno actual. Estamos frente a la muy legítima libertad que tiene el exmandatario de expresar sus puntos de vista frente a la decisión de un presidente amigo, lo que en ningún caso puede entenderse como un ataque, ni mucho menos como una diferencia insalvable.

El presidente Uribe ha sido en extremo respetuoso de las decisiones del presidente Duque. No ha intervenido en ellas y ha respaldado lealmente el rumbo que desde el 7 de agosto pasado empezó a dársele a Colombia.

Una y otra vez, el exmandatario ha dicho, en público y en privado, que su único interés político en este momento es que al presidente Duque le vaya bien. Por eso, ha concentrado buena parte de sus esfuerzos en lograr la conformación de una coalición en el Congreso lo más amplia posible, capaz de sacar adelante las iniciativas fundamentales del gobierno nacional. 

El presidente Uribe es un hombre con un carácter firme que no calla ni callará cuando no está de acuerdo con algo. Lo mismo sucede con el presidente Duque, quien autónomamente toma las decisiones que en su criterio, de acuerdo con la realidad política del momento, son las más indicadas para el país. 

Si en algún punto, Duque y Uribe no están en la misma línea, no significa entonces que haya una ruptura. Simplemente, es un disenso frente un asunto puntual, que no es trascendental ni de fondo. 

Las relaciones entre Duque y Uribe gozan de inmejorable salud. El Centro Democrático seguirá cumpliendo su papel de partido de gobierno, respaldando disciplinadamente al presidente de la República y, como buena colectividad democrática, tramitando frente a él las dudas o inquietudes que existan respecto de asuntos que despierten diferencias.

Lo cierto e incontrovertible es que el presidente Duque no cedió ante el chantaje de los bandidos que con dinamita y armas se tomaron la carretera Panamericana y que el acuerdo alcanzado, que incluye un interesante proyecto de inversiones en los resguardos indígenas, será financiado con recursos que ya estaban previstos en el plan de desarrollo. 

@IrreverentesCol

Publicado: abril 8 de 2019