Hace un par de meses me referí a esta cuestión, pero hoy me veo forzada a tomar la palabra de nuevo y a alzar mi voz frente a la problemática que existe en Colombia, en materia de violencia contra las mujeres. En efecto, esta semana los medios de comunicación reportaron un nuevo caso de violencia intrafamiliar, en el que una mujer resultó golpeada violentamente por su pareja. Este hecho causó estupor y rechazo, por lo gráfico de las imágenes y, también, por la posición socioeconómica del presunto agresor.

Lo triste es que los diferentes medios de comunicación registran, cada vez más, riñas intrafamiliares que terminan con mujeres golpeadas de forma brutal, violadas por sus parejas (que piensan en ellas en términos de propiedad) o asesinadas. Hechos que nos llevan a cuestionarnos sobre estas tragedias humanas.

Todo esto debe ser un llamado de atención sobre la necesidad urgente de lograr cambios significativos en nuestra sociedad. ¡Es evidente que algo no está bien! Por ejemplo, cabe recordar que el 86,9% de los delitos sexuales, en la capital, son cometidos contra las mujeres según información de la Alcaldía Mayor de Bogotá.

Pero lo más triste de todo esto es que las personas que hablan en contra de la discriminación, el maltrato o en favor de la igualdad entre mujeres y hombres, son llamadas despectivamente feministas. ¡Como si el feminismo fuera una asignación identitaria, que pudiera ser impuesta sobre alguien como una tacha!

Es fundamental desnormalizar conductas como el maltrato, y repensar las consecuencias y las implicaciones. Ya es hora que desde la educación, tanto en colegios como al interior de las familias, se evalúe el modelo que se está enseñando tanto a niños como a niñas. Ni los hombres ni las mujeres deben maltratar, y ni los hombres ni las mujeres deben permitir que los maltraten.

Además, creo que lo más alarmante es que muchas de estas conductas se han convertido en semillas de conductas criminales. De ahí que sea necesario un proceso de cambio, desde la pedagogía, para la prevención de agresiones en todos los niveles. No se debe tolerar la discriminación, la desigualdad ni la violencia, en ninguna de sus formas.

El cambio debe venir de la educación y debe permear nuestra cultura. Primero porque allí se origina el problema , y segundo porque el derecho penal y, en particular nuestro sistema jurídico que es vergonzosamente ineficiente, ha fallado en su intento por desincentivar estas conductas que, emanadas del machismo, se constituyen en crímenes frente a nuestro ordenamiento jurídico. Lo que resulta claro es que el cambio es urgente.

Ahora bien, no debemos dejar de lado otras formas de violencia, como la violencia económica que se da al interior de las familias o la violencia psicológica. Una de cada tres mujeres en Colombia dice ser víctima de violencia económica, por ejemplo. Esa violencia económica implica para estas personas opresión, renunciar a la posibilidad de prosperar y conlleva a la desigualdad jerárquica dentro de las familias.

Este tipo de maltratos afectan de manera grave la institución de la familia, sobre la que tanto se ha discutido este año. Por eso se debe perseguir de manera más eficiente y castigar todas las formas de violencia contra la mujer. Es el momento de desincentivar estos comportamientos y enseñar sobre sus consecuencias de manera efectiva. Si queremos proteger verdaderamente a la familia, el cambio debe ser ya.

@Tatacabello