La capacidad ejecutiva y el fundamento de la decisión del individuo se sustenta en dos elementos que la evolución nos ha dado como especie: la razón y la emoción. La razón nos permite discernir, analizar, evaluar y confrontar los elementos para que en un ejercicio dialéctico tomemos la sensata y mejor decisión. No he visto argumentos sólidos que motiven la decisión de ir al paro nacional convocado para el 21 de noviembre. No lo encuentro; he averiguado por razones válidas y no he podido encontrar un gramo de arena de legitimidad.

Las emociones, primitivas e instintivas son reacciones inmediatas en donde el individuo ante ciertas circunstancias adversa activa los mecanismos de defensa y responde. Una señal de peligro, algo que compromete su integridad y automáticamente salta la respuesta y aparece la reacción. La supervivencia en riesgo, sin tiempo para pensar. Hay emociones básicas o primarias, con las cuales nacemos y, otras que podemos construir o elaborar mediante estrategias experimentales que incluyen entre otras las mentiras.

Recuerdo el famoso experimento de los ratones (Días B, Nature Neuroscience, Escuela de Medicina Emory) para demostrar cómo se construyen las emociones y como éstas tienen tanto arraigo que pueden ser transmitidas hasta la tercera generación. Un ratón confinado en una caja se le daba a oler acetofenona (utilizada para obtener fragancia a cereza) y cada vez que lo hacía recibía una descarga eléctrica que le producía un calambre. Se fue condicionando: olor a cereza y descarga. Llegó un momento en que el olor de cereza desencadenaba una respuesta de miedo. Cuando ya se había logrado el condicionamiento, el modelo experimental se le permito que se reprodujera y se obtuvo la segunda generación. Estas crías fueron evaluadas y se demostró que el olor a cereza desencadenaba también una reacción de miedo. La segunda generación se reprodujo y los de la tercera descendencia también respondieran con temor ante el olor a cereza. En resumen, las emociones negativas se construyen, se arraigan en el individuo, se prolongan y se heredan. El ratón de la primera generación fue analizado y en la epigenia de su ADN se había formado un gen responsable esta respuesta.

Con mentiras y medias verdades se puede generar una emoción negativa; una reforma laboral (atenta con mi estabilidad en el trabajo), una modificación pensional (pone en peligro mi vejez), pocas oportunidades de empleo para el egresado universitario (en tinieblas su futuro, pauperiza su ingreso), más impuestos para el trabajador etc. y así se crea un mundo donde el imaginario colectivo que se percibe son amenazas y agresiones. Es la arquitectura de la pirámide del descontento y de rabia acumulada: la acetofenona social.

Construida la  emoción negativa hay una armadura que condiciona nuestra relación con el entorno y especialmente como lo percibimos. Las mentiras con olor a cereza, como el experimento descrito y ese ficticio que urbanizamos, metabolizamos, transmitimos y viaja incluso en el material genético que heredamos. Esta es nuestra biología, percibimos el mundo con emociones positivas o negativas y estas como las plantas subterráneas se meten en las profundidades del cerebro condicionando  nuestro comportamiento. ¡Agresivo y destructivo!

Hablemos entonces de hechos y realizaciones de este gobierno: no se endulza la decisión del legislativo (adiós mermelada), la mayor inversión en el plan de desarrollo para educación y salud, crecimiento económico de 3.5%, carácter en las decisiones con el vecindario, incremento en el recaudo de los impuestos para direccionar hacia obras sociales, reducción en la jornada laboral sin disminución del salario. Hechos que deben derivar emociones positivas pues estos actos de gobierno  dirigidos a reparar la brecha social nos acercan  hacia la equidad.

Es simple la biología del caos: se construyen emociones negativas, se infiltran elementos desestabilizadores (previamente aleccionados) cuyas expresiones  incendiarias se comportan como chispas que aumentan la  llama del descontento. La ira es el vehículo de la anarquía y el enojo atropella las columnas de la democracia. La protesta social, valida cuando se fundamenta en razones. Pero, tiene un enemigo  enquistado: cuando se protesta por protestar. Así se convierte en vandalismo, pierde  seriedad y solvencia colectiva. Las imágenes de desalmados  y encapuchados destruyendo cuanto establecimiento se presente en su camino solo generan malestar y rechazo de los ciudadanos. Es  deber del gobierno actuar y proteger con decisión el respeto de la institucionalidad enalteciendo así el estado social de derecho.

El  escenario en Latinoamérica quemándose nos obliga a actuar con prudencia  y extinguir esta llama para que no nos alcance. La sensatez y el análisis actúan como terapia puente y el raciocinio, ante situaciones externas imaginadas, previene lamentables  actos de violencia donde perdemos todos. ¡Cuidado con estas emociones negativas!

@Rembertoburgose

Publicado: noviembre 15 de 2019