Una letrilla muy popular, pegajosa y festiva anuncia la llegada de diciembre,”mes de parranda y animación” (Vid. 24 de diciembre), dentro de un ánimo que más recuerda las saturnales y la fiesta del sol naciente que se celebraban en la Roma imperial, que el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

No creo que sea impertinente traer a colación algunas reflexiones sobre el significado espiritual de este acontecimiento, que para nosotros los creyentes representa uno de los momentos verdaderamente cruciales de la historia de la humanidad.

El tercer misterio gozoso del Rosario evoca el nacimiento del Hijo de Dios en un pesebre en Belén. A partir de ahí surgen muchos comentarios, de los cuales me interesa destacar dos: la ternura que en el alma popular suscita la imagen del Divino Niño y la idea de la manifestación amorosa de Dios al encarnarse en tan excelsa criatura.

Lo normal es que un recién nacido traiga alegría a su alrededor. Es un canto a la vida, que en medio de las dificultades que la circundan es bella y merece exaltarse. Ahora que muchos coinciden con el ateo y nihilista Cioran acerca del inconveniente de haber nacido, no sobra coincidir con Sófocles en que “No haber nacido nunca puede considerarse el mayor de los favores”. Ya Anaxágoras había señalado que la ventaja de haber nacido sobre el no llegar a la vida estriba en que por esta se logra la contemplación de las cosas eternas, que ofrece, por consiguiente, la suprema bienaventuranza. La idea de este destino final y eterno está en el núcleo de nuestra fe cristiana.

El Niño Jesús es Niño Dios, Dios con nosotros (Mt. 1:23), Dios hecho hombre o, según la fórmula del Credo de Nicea, “Hijo único de Dios, …engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre…” (Vid. http://ec.aciprensa.com/wiki/Credo_de_Nicea). Los escépticos pueden relacionar esta idea con mitologías antiguas, pero ella está presente en el origen histórico de la Iglesia y hace parte sustancial de su tradición. El Evangelio la menciona en varios pasajes y es tema central de la enseñanza paulina (Thes. 1,10; Rom. 8,32; Cor. 1,19; Act. 9,20). Su génesis no se pierde en la noche de los tiempos, dado que es localizable ya en los orígenes del cristianismo.

En los tiempos que corren prevalece la idea de que la única realidad es aquella de que nos dan cuenta  los sentidos, es decir, la que consideramos natural. Lo sobrenatural, que solo nos es accesible por indicios, por revelación, por razonamiento y, sobre todo, por sus manifestaciones misteriosas, se considera por muchos que está fuera de lugar, “en orsai”, según la jerga futbolística de los argentinos. Y su máxima manifestación se nos ofrece en la Encarnación, la Vida, la Pasión, la Muerte, la Resurrección y la Ascensión de Nuestro Señor Jesucrísto.

Es algo que, por supuesto, resulta difícil de creer, pero que no carece de fundamentos fácticos. El libro de Lee Strobel, “El Caso de Cristo”, los explora minuciosamente (Vid, El caso de Cristo Lee; El caso de Jesús verdadero).

Lo de Dios que se hace hombre para sufrir las vicisitudes de nuestra condición, excepto las del pecado, hasta el extremo del martirio, ya sonaba a locura en los tiempos de la Iglesia primitiva. San Pablo advierte en su carta a los corintios que la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden, mas es fuerza y sabiduría para los creyentes (Cor. 1,18). Este gran misterio tiene a su vez una grande y profunda explicación: el amor de Dios por sus criaturas y en especial el ser humano  (Vid. Dios es amor; Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único).

Lo afirma el Evangelio de San Juan: “¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (jn 3,16).

En su “Introducción al Cristianismo”, Joseph Ratzinger, el futuro Benedicto XVI, fundó la creación del mundo y del hombre precisamente en el amor de Dios:”El amor hace cosas así” (Vid. http://www.medioscan.com/pdf/Introduccionalcristianismo.pdf). Y ya como Papa, su primera encíclica la dedicó precisamente al amor de Dios: Deus Charitas Est.

Frente a la idea naturalista de un universo carente de sentido, que obedece tan solo a las leyes formuladas por la física cuántica, al aleatorio evolucionismo darwiniano y , en lo que al psiquismo humano concierne, al oscuro subconsciente freudiano, el Cristianismo opone una tesis misteriosa, mas no absurda (traigo a colación aquí un poco conocido escrito de Jean Guitton, “Lo Absurdo y el Misterio”): en el trasfondo de todo anida el Amor de Dios.

La Navidad cristiana es pues, la celebración del amor de Dios, que, según el Evangelio de San Juan, envió a su Hijo para traernos “la verdad y el don amoroso” (Jn. 1;17) que nos dieran a conocer a ese Dios que nadie ha visto jamás, pero se manifestó en el Dios-Hijo único (Jn. 1,18), que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14,1-6).

La festividad navideña exalta la luz de Dios frente a las Tinieblas del mal, nuestra liberación de la servidumbre del pecado, la promesa de la bienaventuranza que nos haga partícipes del mundo sublime que nos anuncia Olivier Messiaen en sus preciosas composiciones musicales, tales como “Los Colores de la Ciudad Celestial”,  y es tema de las profundas y  místicas meditaciones del padre F. Brune (Para que el hombre se convierta en Dios).

Jesús Vallejo Mejía 

Publicado: diciembre 20 de 2018