Justicia es paz. Aún sin violencia revolucionaria, sin bandas de asaltantes de caminos,  de forajidos orgánicos a la diestra y a la siniestra, solo donde hay justicia, puede el hombre proceder con las manos entumecidas por la rabia, pero sin cuchillo y sin pistola. Así debió concluir  el sujeto del común cuando se extendió por todo el planeta, la tesis sobre la creación de un Estado que suprimiría la justicia por su propia mano y designaba a los jueces, personas de las mejores cualidades, para que resolvieran los conflictos que presentaban en aquella “época de bárbaras naciones”. Llega el momento de surgir el derecho penal moderno y la fuerza que respeta al magistrado y su aplicación. Esta es la razón para exigir derechos, pero es también para  los deberes, característica de una persona civilizada.

 En Colombia las cosas son al revés. Primero los derechos, y si me queda tiempo (o dineros) cumplo algunos deberes. La solidaridad es un deber de todo colombiano y como se ha visto con  los migrantes venezolanos,  Pero hay una situación  de grandes dimensiones: la guerrillerada femenina desmovilizada de las Farc. Son   miles de mujeres que trasegaron por las columnas y frentes, llegadas allí voluntariamente unas, secuestradas otras, muchísimas de ellas menores edad. Ellas declaran  ante el país los maltratos que sufrieron: abortos provocados, con muerte incluida, fusilamientos, torturas y abandono. Salvo el aborto, a los niños les aplicaban los mismos procedimientos.

Las mujeres exguerrilleras han formado una organización: la Rosa Blanca y han narrado mucho más de lo que los victimarios han contado ante la Jep. La Rosa Blanca es una de las organizaciones de víctimas que tiene credibilidad por su razón de sus vivencias. La crueldad, el machismo de sementales, la inferioridad sometida en los mandos, etc. Son la muestra de la patología guerrera fariana, la pederastia y el mal vivir. ¿Cómo no espantarse con las narraciones de Yamile o Sara Morales, quienes a una de ellas, la accedieron siete veces en un mismo día? Las mujeres de La Rosa Blanca requieren del apoyo de las mujeres colombianas, ante la indiferencia de las feministas militantes. Es una fortuna que la dirigente exsenadora, Sofía Gaviria, haciendo honor a la valentía de su padre, esté al frente de la Federación de Víctimas de las Farc. Es garantía de no capitulación.

Un escenario temible sobre el tema está cerca con el debate sobre las objeciones presentadas por el Presidente Duque a la ley estatutaria de la Jep. Las socias de La Rosa Blanca no tienen los privilegios de los comandantes y nadie los puede obligar a una prueba de ADN, pero es evidente que los delitos sexuales y  abusos contra niños y mujeres repugnan a la humanidad y nos son amnistiables por la transitoria justicia “transicional”.

Jaime Jaramillo Panesso

Publicado: abril 2 de 2019