¡Qué cosa tan difícil eso del lenguaje inclusivo! 

¿Cómo hacer para que de las razonables protestas sobre exclusión o invisibilización de la mujer en la redacción de las normas, no se desprendan soluciones ridículas como el insoportable desdoblamiento lingüístico ‘-os, -as’ que aplicaron a rajatabla los redactores de la Constitución venezolana?

Cada vez llegan al congreso más proyectos redactados en lenguaje sexista. Nadie revira porque no quieren sufrir bullying del fundamentalismo. Pero la política y el derecho son cosa seria. En la redacción y estilo de las normas deberían tener la palabra los profesionales del lenguaje, por más trifulca que hagan los representantes de la irritación ‘anti heteropatriarcal’.

Reconozco que los miembros de la RAE (el desdoblamiento ‘feminista radical inclusivo’ exigiría escribir ‘miembros y miembras’ o ‘miembr@s’ o ‘miembres’) han sido sabios y valientes. 

Hace unos años el mundo ‘progre’ (que es el que nos atosiga con desdoblar todas las palabras siempre) se murió de rabia y el del sentido común se murió de risa con esta historia en el tuiter de la RAE: una ciudadana les preguntó que por qué se podía decir ‘negro y negra’ y en cambio no se podía decir ‘marrón y marrona’. Oigan la respuesta: “Hay adjetivos de dos terminaciones, como ‘rojo, -ja’, ‘amarillo, -lla’ o ‘listo, -ta’, y otros de una sola terminación, válida para el masculino y para el femenino, como ‘marrón’, ‘azul’ o ‘imbécil’”.

Yo se que el tema no es técnico sino político. Senadores de Farc, Polo o el petrismo siempre desdoblarán las palabras en sus proyectos y discursos; pero los otros, los del mundo convencional y racional sí debiéramos conocer las reglas y saber el porqué es ridícula la ‘epidemia lexicográfica venezolana’. 

La llamo así porque fue en Venezuela donde explotó la pandemia. La constituyente de 1999 creó una comisión de estilo dirigida por Viki Ferrara-Bardile, feminista entroncada con la izquierda española, para que pusiera el texto en lenguaje sexista, en masculino y femenino. Les quedó un primor. Vean este ejemplo: “Artículo 41. Sólo los venezolanos y venezolanas (…) podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta (…), Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del TSJ, Presidente o Presidenta del CNE, Procurador o Procuradora General, Contralor o Contralora General”, etcétera…

¡Con razón dijo Vargas Llosa que el lenguaje inclusivo “es una aberración”! Seguro pensaba en ese bodrio lingüístico. Pero sigamos…

El gobierno español, con amplio componente chavista, pidió asesoría a la RAE para la “adecuación” de la Constitución a un lenguaje “inclusivo, correcto y verdadero” que se acomode “a la realidad de una democracia que transita entre hombres y mujeres”. Así escribió la vicepresidente Calvo. Es decir, España -¡no!, corrijo: el gobierno socialcomunista de España-, pidió asesoría a la RAE para seguir los pasos de Chávez. 

Fácil anticipar la respuesta. Está en un pronunciamiento de 2012 redactado por Ignacio Bosque y firmado por todos los académicos. Dice que reconoce la discriminación hacia la mujer y otros; reconoce el sexismo en el lenguaje y sabe que numerosas instituciones en el mundo han abogado por el uso de un lenguaje no sexista. Declara que es necesario extender la igualdad social de hombres y mujeres y lograr que la presencia de la mujer en la sociedad sea más visible.

Pero dicho esto, nos recuerdan que el léxico, la morfología y la sintaxis de nuestra lengua no pueden, no deben hacer explícita sistemáticamente la relación entre género (gramatical, aclaro yo) y sexo. De lo contrario, serían automáticamente sexistas las manifestaciones verbales que no siguieran esa regla porque no garantizarían “la visibilidad de la mujer”.

Entendamos pues: ‘genero gramatical’ no es equivalente a sexo. Por ejemplo, el sustantivo voz es femenino. ¿Quiere ello decir que ‘voz’ es una hembra, un ser femenino? ¡No! simplemente, su concordancia será con los artículos femeninos ‘la’, ‘las’, ‘una’, ‘unas’. Una ministra española, ignorante de estas cosas y obsesionada con el sexismo, le cambió el nombre al cargo de una subalterna y la llamó ‘portavoza’; como quien dice la ‘portadora de su voza’. Ya imaginarán ustedes la recocha que se armó en el recinto del parlamento, en las salas de redacción y, sobre todo, en las redes sociales.

En la estructura gramatical del español (como en muchas otras lenguas) hay un género no marcado e inclusivo, que suele ser el masculino y que no traduce ‘macho’ u ‘hombre’ sino que incluye a la mujer y al hombre. Desdoblarlo, cuando no sea estrictamente necesario, afecta la economía del lenguaje. Eso no lo entendió la constituyente de Venezuela. Por eso en vez de escribir dos palabras, ‘ciudadanos venezolanos’, escribieron cinco y dijeron lo mismo: ‘ciudadanos venezolanos y ciudadanas venezolanas’.

Yo me opongo a que imitemos en eso a los venezolanos. ¿Usted?

@JOSEOBDULIO

Publicado: julio 27 de 2020