Anteriormente, el rito católico de imposición de la ceniza se acompañaba de las siguientes palabras: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”. Hoy se dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

Ambos enunciados son complementarios. El primero nos recuerda la fugacidad de nuestra vida terrenal; el segundo, nuestro destino eterno.
La conexión entre uno y otro surge del hecho de que del modo como nos comportemos aquí dependerá nuestra situación allá. Lo que llevamos con nosotros cuando hacemos el tránsito de esta vida mortal a la eterna es lo que hemos edificado en nuestro interior a partir del libre desarrollo de nuestra personalidad.

Es famoso el dictum de Heidegger: “Somos seres para la muerte”. La idea que lo inspira está muy difundida en el pensamiento filosófico contemporáneo y en la mente de muchos hoy en día: solo contamos con esta vida mortal, nada hay más allá.

Pero, como lo apuntaba Pascal en su célebre apuesta, ¿qué sucede si en efecto nuestro ser más profundo sobrevive a la muerte del cuerpo y trasciende a otra dimensión supraterrenal?
Las consecuencias prácticas de aceptar o negar nuestra vocación de eternidad son notables.

El que sostiene que a lo más lo que queda de nosotros después de la muerte biológica es apenas un recuerdo destinada a perderse en las brumas del olvido puede adoptar distintas formas de vida. Quizás se esmere precisamente en dejar un buen recuerdo y trate de vivir ejemplarmente. Pero la fuerza de sus apegos terrenales suele llevarlo por otros caminos: “Vida hay una sola y tenemos que aprovecharla al máximo”. 

Este es el punto de vista que en general anima al común de los mortales que descreen de la inmortalidad y a no pocos supuestos filósofos morales que consideran que cada individuo tiene derecho a la búsqueda de su propia felicidad, tal como él mismo la conciba, sin otras leyes que las de no dañar a otros y tolerar lo que ellos hagan en función de sus respectivas concepciones de tal felicidad.

Este individualismo extremo, tocado de hedonismo y relativismo, distorsiona el sentido de la moralidad, que en rigor tiene que ver con ordenamientos superiores al individuo que tienden a hacer que su conducta se acompase adecuadamente  con la de sus semejantes y con el buen ordenamiento comunitario, así como a elevarlo a un nivel superior, el de la trascendencia del espíritu. Dicho de otro modo, el sentido de la moralidad no lo fija cada individuo, sino que viene dado por realidades objetivas dentro de las cuales debe orientar su vida práctica.

La mejor tradición filosófica resume esta idea en el primado de la razón: debemos obrar racionalmente. Pero el pensamiento moderno, como lo han señalado no pocos de sus analistas, se halla inmerso en una crisis de la razón. Destaca, es cierto, la racionalidad científica que examina las causas eficientes y materiales, pero desatiende las causas formales y finales. Ha profundizado en ciertos aspectos de la realidad natural, para extraer de ese conocimiento la posibilidad de manipularla a través de la técnica. El reino de los medios es el campo predilecto de sus investigaciones. Pero suele ser un pensamiento ciego respecto del reino de los fines, es decir, el de los valores, a los que suele considerar subjetivos, arbitrarios y reacios al escrutinio racional.

Pero estos son los que confieren sentido a la vida humana. Si andamos en pos de valores equivocados, nuestra vida se frustrará. Por el contrario, si nos guiamos por los que verdaderamente interesan, será plena. 
La gran filosofía es la que se ocupa de las razones últimas de nuestra existencia y el modo de conducirla por el camino de la perfección., que no es otro que el de la santidad. 

Ese camino es el que nos señala el Evangelio al ofrecernos como modelo la persona de Nuestro Señor Jesucristo y sus enseñanzas. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” no es cosa de mera retórica declamatoria, sino, como lo ha observado Claude Tresmontant, el principio de una ciencia rigurosa, la auténtica ciencia de la espiritualidad humana que nos conduce hacia Dios, principio y fin de nuestra existencia.

La gran tragedia colombiana es su devastadora crisis moral. Muchos de nuestros dirigentes y, a partir de sus malas enseñanzas y sus malos ejemplos, muchas de las gentes sencillas del pueblo, andan por sendas de perdición olvidando que al final tendrán qué rendir cuentas de todo el daño que se esmeraron en hacer en esta vida, cuentas que han de rendirse no ante la Historia, sino ante el Supremo Juez.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: marzo 7 de 2019