Constitucionalmente el Presidente de la República simboliza la unidad nacional. En nuestro régimen, oficia a la vez como Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Suprema Autoridad Administrativa.  Ese  es el traje y armadura en que se mete el colombiano que resulta elegido presidente de Colombia cada cuatro años. Esta vez, además del traje, está en juego la estabilidad jurídica y económica del país, que debe traducirse en la búsqueda de la paz negociada, con verdadera justicia transicional, perdón, indulto, verdad y reparación a las víctimas. Será responsabilidad del nuevo Presidente de la República conducir a Colombia a un mejor destino.

Todo parece indicar que habrá segunda vuelta y que será entre Iván Duque y Gustavo Petro, a no ser que German Vargas Lleras logre alcanzar y pasar a Petro en los escasos días que restan de campaña, tan escasa también de propuestas, movida y motivada por emociones y en medio de sentimientos de odio y miedo. Por mi parte debo confesar que le tengo miedo a un mandato de Gustavo Petro.

Conocí de cerca el proceso político del M-19 en Santander y a nivel nacional mantuve cercanía con algunos dirigentes de ese movimiento después de su desmovilización en 1989. Algunos amigos de mi ciudad natal-política Barbosa, cogieron camino y están hoy en la estructura política y gerencial de la campaña de Gustavo Petro; se mantienen ahí desde cuando fue Alcalde de Bogotá. Por eso he sabido de los pocos cambios y de la escasa metamorfosis de Petro para convertirse en un verdadero estadista y en un hombre capaz de sostener en su mano la balanza y la espada para ejercer con justicia el poder.  Petro es un hombre emocional, temperamental y en ocasiones visceral con quienes no compartan su línea de acción, y aunque compartan una misma línea de pensamiento, es radical y casi dictatorial quiere identidad ciento por ciento.

Quienes conocieron a Gustavo Petro en la intimidad de la guerrilla del M-19, dicen que es un hombre egocéntrico y ególatra a la vez; que todo debe girar en torno a él, que no acepta líneas de igualdad en la escala de decisión y que todos deben estar por debajo del escalón de él. Es la versión más cercana a un dictador. No acepta contradicciones ni argumentos, sólo es válida la apreciación y visión de él.

Claro que para confirmar las afirmaciones de sus antiguos aliados, basta con leer detenidamente los informes de prensa sobre el incidente con su secretario de gobierno en la Alcaldía de Bogotá, su antiguo jefe en las filas militares del M-19 y luego en la política.  No soportó el brillo y la templanza de Antonio Navarro Wolf y tiró a bajarlo.  Para eso utilizó una vieja táctica “mecánica” como denominaban las tesis de esa guerrilla. Le generó incomodidad utilizando a Alex Vernot para que haciéndole un mandado a Petro, descalificara la gestión del secretario a través de los medios de comunicación tratándolo de clientelista. Petro es el maestro de la descalificación y la estigmatización. Por eso le tengo miedo y más desde la salida silenciosa de Navarro Wolf de la Alcaldía Distrital.

@AlirioMoreno

Publicado: mayo 15 de 2018