En la fiesta de la natividad deseo compartir estas líneas con mis lectores, amigos y familiares.

La fiesta de la Navidad es la refrendación de la Vida. 

Los cristianos celebramos esta noche en todos los rincones del mundo el nacimiento del Salvador, del Redentor, del Señor de señores, del Maestro Jesús de Nazareth. El Papa Francisco le recordó a la Curia Vaticana con motivo de esta navidad que “es la fiesta que nos invita a renovar el compromiso evangélico de anunciar a Cristo, Salvador del mundo y luz del universo”.

Esta fiesta con el paso de los tiempos y la transformación del mundo pareciera no ser la misma que vivimos en nuestra infancia. En el pasado se sentía con mayor regocijo y entusiasmo la víspera de la navidad y la misma navidad. Extraño el calor, alegría y colorido de las calles, de los barrios; extraño el don de solidaridad entre familiares, amigos y vecinos; también, debo decirlo sin pena ni hipocresías, que extraño el color, ruido y misterio mismo de la pólvora que adornaba el cielo de las bellas noches decembrinas. Extraño la navidad que teníamos. 

Mi consejero espiritual, fray Nelson Medina, nos recordaba hace pocos días que “no debemos mundanizar la navidad”. La navidad no puede centrarse en unas bonitas fiestas donde el epicentro de ellas somos nosotros mismos. El egoísmo, la envidia, la rabia, ira y vanidades personales desplazan el epicentro de la navidad que es esencia es y debe ser el mismo Jesús. Y Jesús mismo, su vida, su espíritu, están en cada una de las personas que nos rodean, desde nuestra esposa, esposo, hijos, padres, familiares y amigos, hasta el desconocido que mendiga en la calle. 

Mi mensaje de Navidad, mi Feliz Navidad, es invitarlos a que nos permitamos en medio de nuestras diferencias de todo orden social y personal, reconstruir sobre lo construido una mejor sociedad, una mejor Colombia, un mejor Santander; lo podemos lograr si dimensionamos que cada uno de nosotros tenemos algo importante y valioso que aportar para lograr esos sueños y deseos que cada uno tiene en su espíritu y que por físico miedo o temor no le permite edificar para nuestras vidas y la de los demás. 

Las intenciones de la Navidad no pueden quedarse en lindos mensajes de WhatsApp, Instagram, Facebook y Twitter, o en las oraciones de la bella tradición católica de la novedad navideña, o en los deseos de la noche buena. Esa energía que se despierta por estos tiempos debería preservarse en el motor de nuestras vidas durante las 24 horas de los 365 días del 219 como aliento para entender la humanidad de las derrotas, del dolor, del sufrimiento, de las adversidades, pero también para poder compartir con los demás, con los desposeídos y necesitados, nuestros activos espirituales y materiales, en silencio, como no lo pide el evangelio. 

Dios los guarde… ¡Feliz Navidad!

@LaureanoTirado

Publicado: diciembre 24 de 2018