Luvina Librería era el rincón donde me sumergía cuando vivía en Bogotá, es una de las librerías cafés donde se realizan exposiciones de arte, se programaba cine arte y charlas con poetas, pintores y reconocidos personajes. Pasé gratas horas en aquella librería de dos pisos ubicada en una esquina del barrio La Macarena. Ese era mi sector en Bogotá, yo vivía a pocas cuadras en un pequeño edificio del barrio El Bosque Izquierdo en donde hice lazos de amistad entrañables. Una noche después de una de aquellas tertulias, conocí otra vecina que era modelo. Por respeto a ella no menciono su nombre, ella era amiga de toda esa clase bohemia que frecuentaba Luvina y la había visto trabajando en la librería. La familia de aquella modelo, proviene de Santander y es una familia muy reconocida en la capital santandereana.

Una noche, entre semana en Luvina, iba de salida para el apartamento y la modelo me solicitó que la esperara mientras cerraban el lugar porque no quería caminar sola hasta el edificio. Faltaba media hora para el cierre y decidí tomarme un café mientras la esperaba. En ese momento, ingresaron a Luvina tres hombres, entre los que se encontraba Hollman Morris. Mi vecina les explicó que ya estaban a punto de cerrar. Ellos querían tomarse un par de tragos y preguntaron un lugar cercano para ello.

Hollman me reconoció porque nos habíamos cruzado un par de veces en los pasillos de la alcaldía, pero dudo mucho que Hollman supiera quien era yo o en qué área exacta de la alcaldía trabajaba. No teníamos la más mínima cercanía. Tenía referencias buenas de Hollman como documentalista, pero no más. La modelo le explicó a Hollman que existía un bar a pocas cuadras en el parque del Bosque Izquierdo que se llama La Fama Bistro. Le dio las explicaciones para llegar al lugar y Hollman en ese momento, la invitó a tomar unos tragos junto a sus amigos. La modelo le dijo que nosotras vivíamos cerca al lugar y que con gusto lo acompañábamos para que no se perdieran y de paso, caminábamos todos con más seguridad. 

Luvina se cerró y emprendimos la caminata. Justo al frente de la Fama Bistro, me despedí del grupo al cual mi vecina, fácilmente se incorporó; ella me pidió que la acompañara, yo estaba cansada, pero ella insistió y yo acepté sin mayor esfuerzo. No pasó media hora antes de ver aquel espectáculo: Hollman sin pena alguna, sacaba un polvo blanco y lo consumía por la nariz, a sus dos amigos  no los vi consumir, Hollman me ofreció a mí y a la modelo. Yo no acepté. Al poco tiempo, Hollman y mi vecina desaparecen, yo me quedo en aquella mesa con los dos sujetos. Uno me dice que trabajó en la primera expedición Robinson, un programa de Caracol de supervivencia, el tipo tenía un ego enorme y hablaba de sus logros como pionero en ese tema. No recuerdo su nombre. El otro amigo, era más callado, más prudente. Tampoco recuerdo su nombre. Pasaron más de 20 minutos y tenía la necesidad de ir al baño pero el baño permanecía ocupado. La modelo y Hollman, no aparecían por la mesa. Bajé a buscar a mi vecina al primer piso, pero no la vi, pregunté si había otro baño pero me dijeron que solo estaba ese. Subieron conmigo al baño los empleados del bar porque pensábamos que quizás el baño estaba cerrado. Volví a la mesa y a los pocos minutos llegó mi vecina con Hollman, el baño por fin estaba desocupado, pero desistí usarlo. Ante el espectáculo que estaba presenciando, me paré de la mesa para irme. Ella apenada, volvió a insistirme que me quedara, pero no lo hice. Por su parte Hollman, esta de nuevo  aspirando el polvo blanco y cuando ve mi actitud, me dice: “Espero que lo que viste en esta mesa, se quede aquí.” En un tono como de advertencia. No le respondí nada, di media vuelta y me marché. 

No era amiga de este tipo, no era cercana; el espectáculo para mí había sido suficiente. Sentía vergüenza y preocupación por mi vecina. Vergüenza por lo que había ocurrido y preocupación al dejarla con esos tres hombres, pero ella no era una niña y pensé que nada malo le podría pasar porque, al fin y al cabo, esos hombres sabían que yo trabajaba en la alcaldía.

Al otro día fui a donde mi vecina para ver si había llegado sana y salva, le pregunté si todo estaba bien y con una sonrisa de oreja a oreja, me dijo que había pasado una noche increíble y que no había llegado sola a su apartamento. Entró en detalles que no mencionaré.

Esto ocurrió finalizando octubre de 2012. No volví a ver a Hollman como un tipo decente. Me pareció grotesco que, sin ninguna confianza conmigo, se hubiera atrevido a consumir cocaína frente a mi y fuera de eso, a ofrecerme. Era la primera vez en mi vida y la última hasta ahora, que veía ese acto. Hollman no se encontraba en un lugar privado, eso no era un apartamento, era un bar agradable al que iba gente decente. Hoy en día, cuando veo a Hollman como candidato a la Alcaldía de Bogotá, siento preocupación. A los candidatos deberían exigirles una prueba para ver si son consumidores. A los pilotos les exigen esas pruebas con mucha frecuencia, ellos sólo pilotean un avión y un alcalde tiene bajo su mando el rumbo de una enorme ciudad. Se necesita a una persona con sus cinco sentidos intactos, sin alterar, para dirigir el destino de millones de personas. Ojo Bogotá. No pueden caer bajo el mando de una persona de éstas. 

Y Hollman: si yo miento, demándeme por injuria, pero tenga presente lo que usted sabe de mi a través de los seguimientos que me hacía desde Canal Capital cuando era gerente. 

Si yo pudiera votar en Bogotá, lo haría por un joven como Samuel Hoyos, con sus cinco sentidos intactos, un joven que quiere trabajar por Bogotá, que no genera división de clases, que se opone contundentemente a la dosis mínima y no promueve el consumo de drogas entre la población. Bogotá tiene la oportunidad de oro para salir adelante como lo viene haciendo desde que salieron de esos 12 años de izquierda ladrona que desbarató la ciudad. 

@LeszliKalli

Publicado: enero 11 de 2019