Don Zeusix Pausias, antes que nada, espero que su salud le permita estar vivo hasta el día en que sea publicada esta columna. Así sea.

Para comenzar, olvídese del marxismo que contaminó su alma con tanta elocuencia, haciendo de su existencia un prontuario de malas obras e innumerable delitos. Olvídese de ese materialismo histórico vacuo, de la sinrazón de muchas de sus respuestas en la vida, de su cinismo calculado con la prensa. Olvídese de la violencia que ejerció al interior de las filas de las Farc, cuando imponía su autoridad con el alias de “Jesús Santrich”, y del odio que subyace todas las operaciones de narcotráfico que usted dirige. Olvídese de todo eso. Créame, es lo primero de lo cual usted tendrá que deshacerse en el momento de su partida.

Cuando la muerte le empiece a hacer coqueteos serios, seguramente entenderá que no le puede sacar el cuerpo a ese asunto. En ese trance oscuro y veloz, llegarán a usted imágenes que lo van a confrontar: homicidios hechos con sevicia, violaciones cometidas a las peladitas que conoció en el monte, las mismas que separó de sus familias, masacrándoles el futuro. Compatriotas valientes que hoy lo denuncian con el valor que usted no tuvo para evitarles tan horribles tragedias.

Reconocerá los rostros desfigurados de cientos de víctimas que fueron atacadas con bombas y armas compradas por la organización narco-terrorista a la cual le entregó sus mejores años, so pretexto de una revolución inhumana que no ha sido ni nunca será posible en Colombia.

Comprenderá la dimensión negra de su alma cuando le muestren las imágenes de los adolescentes que fueron víctimas de la cocaína que usted puso a rodar por las calles del mundo; sentirá el dolor de los corazones de millones de padres y madres que vieron cómo sus hijos sucumbieron en el vicio y enterraron los sueños de sus familias, sepultando también sus posibilidades como seres humanos. Escuchará el llanto de todos aquellos que usted ha hecho sufrir con sus actos.

En consecuencia, no quiero generarle ninguna contrariedad, pero le sugiero que revise su teoría sobre la inexistencia de Dios, porque morirse es muy duro, y mucho más -le aseguro- cuando se tienen deudas morales, profundas, de esas que no se pueden pagar con dinero.

Oro por usted desde ya, señor Santrich, porque hace feliz al espíritu de toda persona de bien, acompañar con sus plegarias a las almas que se encuentran enfermas y que inexorablemente se acercan al momento final de su paso por esta tierra. Lo hago, porque conozco muy bien lo que se siente cuando se está muriendo.

Únase al club de los ateos confesos, quienes normalmente terminan invocando a Dios cuando se les acaban los referentes racionales en las angustiosas horas de la agonía.

Para terminar, le voy a compartir un secreto que le puede servir más de lo que usted se imagina. Cuando se esté yendo, con humildad, agache la cabeza,  y  como Dimas – el ladrón bueno, vecino de Cristo en el Gólgota-, grite desde el fondo de su corazón estas tres palabras: “¡Dios mío, perdóname!”

Con todo respeto: Ahí donde me ve, estoy vivo de puro milagro, pues el 16 noviembre de 2011 sufrí un infarto masivo, resistí tres paros cardíacos en menos de 40 horas y supe, de la mano de Dios, levantarme de la muerte.

“Uno de los malhechores colgados lo insultaba: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros. El otro le reprendía: Y tú, que sufres la misma pena, ¿no respetas a Dios? Lo nuestro es justo, pues recibimos la paga de nuestros delitos; éste en cambio no ha cometido ningún crimen. Y añadió: Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí. Jesús le contestó: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Tomado del Sermón Panegírico de San Dimas, el Buen Ladrón).

@tamayocollins

Publicado: mayo 16 de 2018