Lo que está sucediendo en Colombia, a raíz del plebiscito del 2 de Octubre, debe ser recibido por la comunidad internacional como un claro mensaje de madurez social e institucional.

Y, además, tiene la capacidad de convertirse en una razón adicional para que se continúe apoyando a nuestro país en este momento decisivo de su historia.

Es ampliamente conocido que las naciones del mundo han respaldado los esfuerzos de distintos gobiernos para conseguir la paz.

Esta actitud se ha convertido en tradicional, a partir del momento en el que Colombia dejó de rechazar la participación de terceros en dichos empeños.

No sobra recordar que durante muchos años se sostuvo la tesis de que permitir la colaboración de otros Estados era contrario a la soberanía nacional.

No fue fácil derribar esa barrera conceptual.

Afortunadamente, poco a poco, y gracias a gestiones muy discretas en una primera instancia, se consiguió dejar atrás esa visión que, en la práctica, limitaba las posibilidades del país para dar pasos necesarios en el propósito de superar la violencia y el terrorismo.

Desde cuando se produjo el derribamiento de ese muro teórico, lo que se ha recibido es la expresión de solidaridad de muchos Estados y organizaciones regionales e internacionales, cada vez que se puso en marcha un proceso de diálogo en procura de la paz.

Esas expresiones de acompañamiento y respaldo se están recibiendo de nuevo en los actuales momentos.

Es, de otro lado, fundamental que así sea.

Con mayor razón ahora, cuando, como se dijo al principio de estas líneas, se están dando muestras de una madurez admirable.

El resultado del plebiscito tomó por sorpresa a todos.

La expectativas apuntaban a que el SÍ obtendría la mayor votación, y a que los votos a favor del NO serían significativos en virtud de las preocupaciones de millones de colombianos con algunos puntos del acuerdo entre el gobierno y las Farc.

Sin embargo, dicha sorpresa en lugar de desconcertar, iluminó el nuevo camino.

Una vez quedó claro el veredicto popular, el Presidente de la República reconoció el resultado.

El jefe del centro democrático, y cabeza de la principal fuerza de oposición, planteó la necesidad de construir un gran acuerdo nacional para la paz.

Las Farc reaccionaron con prudencia, y se produjo una primera coincidencia esencial de todos, en el sentido de que resultaba necesario mantener el cese al fuego bilateral, rodear de garantías a los integrantes de esa organización en las zonas en donde se encuentran, y conseguir la continuación de la presencia de la misión de verificación de la ONU en Colombia.

Así mismo, después de años de distanciamiento político, el ex presidente Uribe le solicitó una cita al Presidente Santos para dialogar sobre las nuevas realidades de la nación, lo cual hizo posible que se pusiera en marcha un escenario formal de reuniones entre los delegados del gobierno, voceros de otros sectores del SÍ y representantes de diversos sectores que votaron a favor del NO.

Este mecanismo continúa operando de manera útil y constructiva, a pesar de las  manifestaciones de escepticismo e incredulidad, que son características de las etapas de aguda confrontación política.

Hoy, entonces, además de su actitud tradicional, la comunidad internacional tiene razones adicionales para continuar apoyando los esfuerzos que se están haciendo en Colombia.

Y quienes nacimos en esta bella tierra tenemos la responsabilidad histórica de conseguir el acuerdo nacional para la paz, que interprete bien a quienes apoyaron el NO, a los que votaron SÍ, y a los compatriotas que se abstuvieron, creando así las bases para que las Farc dejen atrás la violencia y se incorporen a la vida legal y democrática de la nación en condiciones de seguridad física, jurídica y política.

@CarlosHolmesTru