Una de los grandes e importantes decisiones del gobierno del presidente Duque fue la de acabar de tajo con la corrupción que durante el régimen santista fue conocida como la mermelada, que consistía en mantener una relación puramente transaccional entre el Ejecutivo y el Legislativo.

La bancada santista estuvo unida por cuenta de la repartición indiscriminada de puestos y contratos a los congresistas. Ello se tradujo en un saqueo de las arcas, al extremo de haber dejado totalmente arruinado al Estado.

Duque tomó posesión el pasado 7 de agosto y desde el comienzo ha enviado un mensaje claro y contundente: la coalición del gobierno se debe mover gracias a unos principios y no a la entrega de prebendas.

Aquello tiene muy molesto a un sector de la clase política acostumbrado a vivir de la savia de la República, como si fueran unos vulgares parásitos. Desde que aquellos sujetos fueron notificados del fin de la guachafita santista, agazapados esperan para “pasarle la cuenta de cobro” al gobierno Duque.

Y al parecer la irresponsable e improcedente moción de censura contra el ministro de Hacienda, será una prueba de fuego para el gobierno. Carrasquilla es un funcionario aceptable, pero tiene el peor de los defectos: su arrogancia. En medio de las dificultades en las que se encuentra, no ha tenido la habilidad de consolidar un grupo parlamentario que dé la pelea por él, explicando su proceder como profesional para efectos de dejar sin piso las acusaciones que se han hecho en su contra.

Nunca ha prosperado una moción de censura desde que esa exótica figura, propia del régimen parlamentario británico, fue incorporada en la constitución de 1991. Sin embargo, no son pocos los funcionarios que, ante la inminencia de ser “censurados”, prefirieron renunciar para no someter al gobierno a semejante desgaste.

Es muy posible que los opositores de Duque no logren conseguir los votos necesarios para hacer que la moción de censura contra el poco amable Alberto Carrasquilla prospere, pero igual se está corriendo un riesgo inmenso y, en criterio de muchos, innecesario.

En política nunca hay nada escrito y la posibilidad de que Carrasquilla pierda el pulso en la cámara de Representantes existe. En ese escenario, el derrotado no será él –quien seguramente saldrá a continuar haciendo negocios maravillosos- sino el gobierno del presidente Duque que tendría que cargar con el peso muerto de un ministro censurado.

Los políticos son seres difíciles de comprender. Nada puede darse por descontado y como bien le aseguró un veterano representante del conservatismo a este portal, “la moción de censura contra Carrasquilla puede convertirse en una medición de aceite a Duque”.

La pregunta: ¿Carrasquilla, que es tan amigo del presidente de la República va a someter al gobierno a un riesgo tan grande? Amanecerá y veremos.

@IrreverentesCol

Publicado: octubre 25 de 2018