Se sabe de la existencia de un Partido Comunista Clandestino en el que militan políticos, eclesiásticos, empresarios, periodistas y magistrados.
El impactante libro que con este título ha publicado el coronel Hernán Mejía Gutiérrez debería de leerse por todos los interesados en la suerte de Colombia en el futuro inmediato.

Son muchos los aspectos que merecen destacarse en el mismo, lo mismo que las inquietudes que suscita su lectura.

Es un doloroso testimonio de vida de quien como muchos otros se sintió atraído por la gloria y terminó cayendo en desgracia. Como lo definió la revista Semana, que es experta en mezquindades, su destino heroico terminó manchado por una implacable persecución judicial que lo presenta ante la opinión como un villano. El militar que libró las mejores batallas en defensa de la institucionalidad atacada por por un proditorio designio totalitario y liberticida no sufrió la derrota en el campo de batalla, sino en los estrados judiciales. No lo vencieron sus contendores en enfrentamientos bélicos, sino sus enemigos agazapados en las altas esferas gubernamentales, judiciales y mediáticas.
Queda claro después de leer las desgarradoras páginas de su libro que su suerte quedó echada no solo por los triunfos militares que obtuvo en la lucha contra la subversión, sino por haber denunciado la artera presencia de agentes de la misma en distintos escenarios sociales.
Se sabe desde hace años, en efecto, de la existencia de un Partido Comunista Clandestino en el que militan políticos, eclesiásticos, empresarios, magistrados, académicos, intelectuales, periodistas, burócratas, sindicalistas e incluso militares de alto rango, que actúan a la sombra en beneficio de la subversión.
El coronel Mejía Gutiérrez no teme suministrar claves y hasta nombres que identifican a algunos de los más significativos integrantes de los cuadros superiores y ocultos de las Farc. No es difícil leer ahí entre líneas el nombre de Juan Manuel Santos Calderón, que figura junto al de Sergio Jaramillo Caro como instigador de la atroz conjura de medios, fiscales, jueces y hasta altos mandos militares que lo tiene privado de su libertad y despojado de sus honores desde hace varios largos años.
Mucha gente se excita cuando oye decir que Santos está del lado de los comunistas y en contra de nuestra institucionalidad democrática liberal. Les parece imposible que así sea y lo toman como una inaceptable calumnia de la oposición.
Pero si se examinan sus antecedentes, a menudo distorsionados o velados por un espeso cortinaje de mentiras, la hipótesis va cobrando visos de seriedad.
Ricardo Puentes Melo viene sosteniéndolo a pie juntillas desde hace tiempos en “Periodismo sin fronteras”. Pero lo mismo ha afirmado un periodista venezolano que hace varios meses le lanzó un desafío a Santos desde su espacio audiovisual, acusándolo de haber viajado clandestinamente a Cuba desde Panamá, cuando era ministro de Comercio Exterior en el gobierno de César Gaviria, para reunirse con los diabólicos hermanos Castro. Media, al parecer, registro gráfico de ese encuentro, en el que se dice que concertó su vinculación con la inteligencia cubana, con la cual supuestamente se ha comunicado con el alias de “Santiago”.
En el año de 1997 Santos hizo público un estrafalario plan para provocar la renuncia de Samper a la Presidencia, diciendo que la misma facilitaría el entendimiento que él había logrado con autodefensas y guerrilleros. Según dijo después un vocero de estos últimos, Santos les propuso un Frente Nacional para hacer la paz entre todos.
Esa propuesta de Frente Nacional con la guerrilla estaba en la agenda de Tirofijo. Gente que habló con él en 1990 para invitarlo a participar en la Asamblea Constituyente y, después, cuando el gobierno de Andrés Pastrana, coincide en su insistencia en buscar la paz a través de una asamblea en que las Farc tuvieran la mitad de los miembros y el llamado “establecimiento” vería el modo de repartirse la otra mitad.
Andrés Pastrana declaró no hace mucho que la idea de la zona de distensión para iniciar negociaciones de paz con las Farc fue de Santos. Y según me cuenta un distinguido profesor de Ciencia Política, en el diseño de esa zona de distensión participó nadie menos que Sergio Jaramillo Caro, quien al parecer viene trabajando con Santos desde hace años.
Según funcionarios del Ministerio de Hacienda, cuando ocupó dicha cartera, Santos disminuyó de tal modo el presupuesto del ejército que hubo verdadera penuria en sus filas, a punto tal que los soldados que venían de alguna campaña tenían que entregarles toda su dotación a los que partían para relevarlos.
La figura de Sergio Jaramillo Caro es de una oscuridad espeluznante. Enrique Santos Calderón dijo en un reportaje que Jaramillo es el ideólogo del actual proceso que se adelanta en La Habana. Pero nadie sabe cómo apareció desde las sombras, primero en el gobierno de Pastrana y luego en el de Uribe, en el que llegó a ocupar el cargo de viceministro de Defensa y urdió la persecución contra el coronel Mejía Gutiérrez, así como contra los descabezados por los “falsos positivos”.
Jaramillo exhibe todas las trazas de un “candidato manchuriano”, un hombre de paja tras el cual quizás se oculta todo un aparato conspirativo.
En “Memoria Histórica de las Farc-Su verdadero origen”, Fernando Vargas Quemba y Elkin Gallego recuerdan la vieja estrategia de los partidos comunistas consistente en preparar cuadros que no se identifican públicamente con ellos, pero secretamente persiguen sus objetivos, tal como aconteció con Fidel Castro en Cuba.
Si esta macabra hipótesis conspirativa es cierta, Colombia está perdida, a menos que la Providencia se apiade de su suerte.
Por lo pronto, vaya para el valeroso coronel Mejía Gutiérrrez, así como para el sinnúmero de militares de todos los rangos que han sido objeto de inicua persecución, el aliento de nuestra voz solidaria.