Sí, me la juego por la vida de cada ser humano, así no lo conozca, sea de otro color de piel, clase socioeconómica o religión. Me la juego por los que no han nacido, por los que vienen en camino “accidentalmente”. Me la juego por los embriones humanos que se encuentran en peligro de ser asesinados, porque yo fui algún día como ellos (ya hace unos buenos años, por cierto).

A pesar de que la sociedad y el mundo que estamos construyendo, en ocasiones ofrecen realidades desastrosas, injustas, violentas, inequitativas o estúpidas, me la juego por la vida.

Me la juego por la vida y por las mujeres abandonadas por sus parejas, quienes después de la pasión, huyen en lugar de enfrentar el reto que implica asumir el compromiso que surge después de los amores, cuando es una nueva vida la que termina gestándose en el vientre de la mujer que ha sido amada.

Sin ambages, me la juego por cada vida humana, porque no soy nadie para definir su destino, ni tengo la potestad para intervenir en el curso de milagros que pueden llegar a transformar positivamente el curso de la historia. Cada ser humano es un milagro que camina.

Me la juego en cuerpo y alma, porque la vida trasciende; de hecho, en la práctica, es un asunto divino. Así de sencillo.

Siempre que converso con galenos, la conclusión es la misma: por más brillante que sea, ningún científico puede crear vida en un laboratorio; ni el más erudito biólogo, ni el químico notable que se asocia con genetistas para adelantar proyectos de nanobiotecnología; ninguno de ellos puede hacer que la vida surja en uno de sus experimentos. Y lo saben: saben que la vida no es resultado de un ejercicio de prueba y error; reconocen, muchas veces en silencio, que la vida es un milagro.

Después de marchar por la vida, de conocer bebés que se salvaron de ser masacrados por manos que “trabajan” con pinzas y tijeras, hoy levanto mi voz. A través de estas líneas quiero compartir una propuesta en favor de la vida, que tiene como agente fundamental a la mujer, quien, sin duda, ha sido abandonada por el estado colombiano cuando escoge respetar la vida del ser humano que crece en sus entrañas.

Para nadie es un secreto que una de las más “eficaces soluciones” que se le ofrece a la mujer en el ámbito de la salud sexual y reproductiva es el aborto. Bajo el elegante  nombre de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), se realizan más de 400 mil abortos en Colombia cada año, y más de 56 millones de estos procedimientos en el mundo. Me pregunto: ¿por qué nadie legisla a favor de la mujer que quiere respetar la vida del hijo que está creciendo dentro de su vientre? ¿Es mal negocio respetar la vida de un no nacido?

Creo que es un excelente negocio. Por eso, propongo la creación de centros especiales donde las mujeres, antes de empezar su vida sexual, tomen conciencia de la importancia de construir un proyecto existencial con metas claras en lo espiritual, lo físico, lo académico, lo económico y lo afectivo.

Es urgente diseñar e implementar una política de estado a favor de la Vida, que dignifique a las mujeres y erradique el falso imaginario que han impuesto algunos medios de comunicación, falacia que refleja una visión burda de la mujer, pintándola como un vil objeto sexual.

Hagamos el esfuerzo de transformar la sociedad desde una nueva lectura, más humana (sin aguacates), que se preocupe por formar personas libres, críticas y comprometidas con su presente, como único camino para garantizar un mañana digno; un mañana basado en el uso de una libertad responsable, principio que dista significativamente del actual libertinaje imperante, hijo del marxismo cultural que se ha colado en programas de televisión, películas, textos escolares y salones de clase.

Con todo respeto: Les aseguro que la inmensa mayoría de las mujeres colombianas no son muñecas de la mafia, ni consideran que para llegar al paraíso sea obligatorio tener un buen par de tetas.

¡Respeto por las mujeres, por los hijos que engendramos y por la vida, caballeros! Porque merecen lo mejor de nuestro amor.

@tamayocollins

Publicado: mayo 9 de 2018