Así como Hitler tenía a sus ‘einsatzgruppen’ -grupos operativos de reacción- y Stalin a Lavrenti Beria para que le comandara a la NKVD, Gustavo Petro, forjado en el mundo criminal, cuenta con su pandilla de sicarios morales y acosadores virtuales que se dedican, sin pausa de ninguna naturaleza, a perseguir, injuriar a cuanto dirigente político se oponga al socialcomunismo criollo que converge en la denominada ‘Colombia Humana’.

Petro es un sujeto que observa desprecio impío hacia la democracia. Persigue a opositores, maltrata a la prensa libre que lo cuestiona, calumnia a quienes se han dado a la tarea de investigar y hacer público su pasado terrorista, desinforma, alienta el odio de clases y, por supuesto, incentiva el uso de la violencia para apuntalarse políticamente.

Muchos de sus seguidores resultan aún más primarios y brutales que él. Está el ejemplo del senador Gustavo Bolívar, un sujeto tosco y burdo que suple sus limitaciones señalando con lugares comunes e insultos a sus contradictores. Bolívar es a Petro lo que en su momento pudo ser Héctor Cámpora al general Perón: un sacamantecas con criterio limitado y especializado en complacer a su señor. Algún día Perón le preguntó a Cámpora la hora. El solícito asistente automáticamente respondió que “es la hora que usted ordene que sea, mi general”.

Colombia está enteramente notificada de que un eventual gobierno de Petro, será, en realidad, un ajuste de cuentas. Un régimen de odio, vindicta y violencia oficial. Lo advirtió recientemente con todas su letras un sujeto gris que está al servicio de esa causa: los opositores sufrirán toda suerte de vejámenes y su única alternativa será el exilio. Una amenaza directa y sin matices.

Hace algunos meses, el senador de las Farc, Iván Cepeda, conocido en los lodazales del hampa con el alias de ‘Don Iván’, anunció insolentemente que la extrema izquierda -léase el neocomunismo- tomará el poder durante décadas y una de sus primeras decisiones será la de cobrar la “deuda histórica” que tienen los ricos con Colombia.

Obviamente, aquel será -para utilizar un término jurídico- un cobro coactivo que se materializará por medio de expropiaciones y, cuando no sea posible, mimetizadas a través del aumento exponencial e impagable de nuevos gravámenes a los empresarios. En todos los rincones de la Patria resonará el espeluznante “¡exprópiese!” de Chávez

Los ricos son los enemigos del pueblo. Esa es la consigna que repiten insaciablemente Petro y sus conspicuos seguidores-matones que, para darle un barniz de elegancia y purificar su ferocidad, se presentan como ‘activistas’.

De acuerdo con la Real Academia Española, ‘activista’ es un sustantivo de uso común para definir a un “agitador político, miembro que en un grupo o partido interviene activamente en la propaganda o practica la acción directa”.

No. Esto no es política. Es acoso en todo el sentido de la expresión. Difícilmente se oirá a un petrista haciendo propuestas políticas de fondo. Lo de ellos es el insulto, la embestida verbal, el maltrato, la propagación del odio y el estímulo de la ira. Se trata de personas resentidas, llenas de complejos y traumas que, en vez de tratarse ante profesionales de la salud mental, acuden a redes sociales y a la calle para vomitar sus dolores y encender la hoguera de la violencia.

En una de sus obras más importantes -Pensadores de la Nueva Izquierda-, el profesor Roger Scruton puntualizó que “la naturaleza contradictoria de la utopía socialista es una de las causas que han provocado la violencia intrínseca a todos los esfuerzos que se han hecho por imponerla: es necesario una fuerza infinita para que las personas hagan lo que es imposible”.

La gran perjudicada de esa degradación, es la sociedad colombiana que atemorizada registra cómo Petro y sus baladrones toman impulso, haciendo de las suyas sin que hasta ahora se vislumbre un dirigente político con fortaleza y capacidad real de confrontarlo y, por supuesto, de derrotarlo en las urnas.

@IrreverentesCol

Publicado: mayo 13 de 2021