Definitivamente vivimos en el país del Sagrado Corazón. Pasan demasiadas cosas todo el tiempo de manera que lo verdaderamente importante pasa agachado. Existen temas demasiado importantes o de relevancia que no se tratan y que siguen perjudicando el ya futuro incierto del país.

Los medios de comunicación, aunque cada vez tienen menos poder en el manejo de la opinión, siguen teniendo el manejo de las noticias -cuáles convertir en importantes y cuáles botar al cesto de la basura-.

Claramente, el principal problema del país es su clase dirigente, pues ellos son los artífices de todos los males que nos aquejan. La corrupción, entendida como el mal manejo de los recursos públicos, está a la orden del día, pero se ha vuelto tan común y tantos comen de ahí que ya no nos escandaliza.

Esa corrupción que desangra el Estado va desde la mala utilización de un carro oficial hasta el sobrecosto de Reficar que, de lejos, es el top uno de mal gasto de los recursos públicos.

Estos son algunos hechos de corrupción que nos deberían indignar y debería sacar nuestro patriotismo a flote:

  1. Contratos de asesoría con familiares de empleados públicos.
  2. Sobrecostos en la alimentación de los niños en los jardines infantiles.
  3. Contratación a dedo, a través de cupos indicativos, de empresarios afines al congresista amigo.
  4. Contratación de personas no idóneas a los cargos.
  5. Gastos innecesarios producto del ego del empleado de turno.
  6. Compra de votos en corporaciones públicas por cuenta del Estado a cambio de puestos.
  7. Obras inconclusas y faraónicas producto de una mala administración de las regalías.
  8. Manejo parcializado de la propaganda oficial que sirve para comprar conciencias de periodistas.
  9. Utilización de recursos públicos para usufructo político y personal de jefe de turno.

El Estado se ha acostumbrado a contratar y esto hace que cada día se cultive a las personas de esta manera. Solamente pensemos en los contratos que se deben haber acordado durante el proceso de paz, y ahora por el mal llamado postconflicto.

  1. Todos los contratos de asesoría con ONG durante estos seis años.
  2. Toda la publicidad oficial más las campañas publicitarias para tratar de cautivar a la opinión.
  3. La contratación de los eventos para la firma del proceso, que van cinco; La Habana, Cartagena, Bogotá, etc.
  4. Los viajes del presidente para eventos personales con comitivas exageradas y, como decimos los colombianos, a todo taco.
  5. El manejo del acondicionamiento de las zonas de concentración. ¿Quién les dará la comida, las adecuaciones, los baños? Todo esto tiene al lado un contratista que saca tajada y en ningún caso hay licitación.

Cabe recordar que más del noventa y cinco por ciento de las licitaciones se terminan otorgando a dedo porque solo hay un proponente.

Mientras el estado sea el mayor proveedor de negocios y el dueños de la gran chequera será difícil tener un país decente.

@SANTAMARIAURIBE