Ningún niño empuña un arma por gusto. Ninguna niña se convierte en esclava sexual por gusto. Ningún menor aprende a disparar cilindros bomba por gusto. Ninguna jovencita aborta por gusto. Ningún adolescente abandona a su familia, deja de estudiar y se adentra en el monte para plantar minas antipersonales por gusto.

Negar el reclutamiento de menores que durante 50 años realizaron las Farc es el acto de cinismo más aberrante que esa organización puede cometer. Nada más desde el 2002 hasta este año 14.000 niños ingresaron obligados a las filas del terrorismo. De esa cifra, desafortunadamente, tan solo 5.524 se han desmovilizado, lo cual implica que 11.746 jóvenes no pudieron escapar de la violencia.

Hasta a los más fervientes defensores del proceso de La Habana tomó por sorpresa la posición asumida por las Farc frente al reclutamiento. Ciertamente, esa postura es indefendible para cualquiera y profundiza la herida que pareciera nunca poder sanar en las regiones del País.

La guerrilla, ahora empoderada desde el Congreso, ha puesto en marcha una estructurada maquinaria para lavar su nombre. Acá nunca hubo secuestros, sino retenciones. Nunca hubo reclutamiento, sino ingreso voluntario. Nunca hubo explotación sexual, sino relaciones consentidas. Nunca hubo extorsión, sino aportes voluntarios. Nunca hubo capturados, sino presos políticos.

¡Por favor!

¿Esta es la voluntad de paz de las Farc? ¿este es el proceso de reconciliación? ¿estos son los actos de perdón de esa organización?

El primer paso para la reincorporación a la vida civil de un alzado en armas debe ser el genuino sentimiento de reconciliación. El pueblo colombiano es generoso y sabe dar segundas oportunidades, pero la campaña negacionista de las Farc lo único que logra es dañar la poca confianza que existe en la sociedad hacia ellos.

Fueron miles de familias rurales las que se vieron obligadas a entregar a sus hijos al terrorismo so pena de ser brutalmente asesinados, para que ahora desde la segunda vicepresidencia del Senado se ondee con orgullo la causa guerrillera y se pretenda tergiversar una historia que el pueblo colombiano sufrió en carne propia.

No, las cosas no son así. Por eso, cada vez me convenzo más de la importancia de la justicia como precepto para lograr la paz. Al no haber ningún tipo de sanción por los crímenes, la impunidad se adueña de las voluntades para pontificar sobre lo divino y lo humano.

El proceso de paz, si es que alguna vez lo hubo, se desmorona a pedazos, no por las decisiones del Gobierno Duque, sino por la arrogancia y el cinismo con que las Farc se burlan a diario de una sociedad que los padeció durante generaciones y que no encuentra en sus actos verdaderos gestos de perdón.

@Tatacabello

Publicado: julio 31 de 2020