Desde que empezó la campaña por el plebiscito, el vicepresidente Germán Vargas Lleras, un político astuto y hábil como pocos ha dado unos incomprensibles palos de ciego que no solo confunden a la opinión, sino que hacen dudar de su capacidad real de liderazgo.

Para nadie es un secreto que la alianza Santos-Vargas Lleras está sustentada en un interés pragmático de los dos. Santos necesitaba de los votos de Vargas para ganar la reelección en 2014 y Vargas necesita del gobierno y del manejo de los asuntos relacionados con vivienda e infraestructura para abonar su camino hacia el poder en 2018.

Pero la agenda política de Santos en nada se compadece con la línea de pensamiento de Vargas Lleras, un hombre que a pesar de su origen liberal es, ante todo, un político de centro-derecha. Una de sus más audaces acciones políticas se dio, precisamente, como senador de la República en el gobierno de Andrés Pastrana cuando denunció con evidencias los desmanes que la banda terrorista de las Farc cometían en la zona de despeje de 42 mil kilómetros cuadrados que les fue asignada y desde la que literalmente cogobernaban a Colombia.

Con dos atentados a cuestas, Vargas es una de las más rutilantes víctimas del terrorismo en este país.

A lo largo del proceso de paz, guardó una prudente pero elocuente distancia frente al mismo. Cuando el gobierno en pleno aplaudía los avances de Santos con las Farc, el vicepresidente mantenía silencio respecto de los mismos, mientras se encargaba de los temas que le fueron encomendados: hacer carreteras 4G, ampliar la red de acueductos e inaugurar casas.

Gracias a esas obras, Vargas se ha convertido en una de las personas con mayor imagen positiva del país, lo que lo ubica en un lugar privilegiado de cara a las elecciones venideras.

Pero sus últimos movimientos hacen sospechar de la coherencia del vicepresidente. Cuando empezó la campaña por el plebiscito, nadie entendió porqué hizo proselitismo por el SÍ, cuando él no ocultó que había aspectos fundamentales del acuerdo que no le agradaban. Resultaba muy difícil de entender cómo alguien que no compartía temas como la Justicia Especial de Paz, para muchos la “nuez del acuerdo”, saliera a promover el voto por el SÍ.

En criterio de una persona que conoce la trayectoria política del vicepresidente, “en el plebiscito él tuvo la oportunidad de oro para renunciar, apartarse del gobierno y empezar a hacer su campaña por la presidencia”.

Otra persona que conoce a Vargas, asegura que él “no renunció por físico temor. Creyó como todo el país que el SÍ iba a arrasar en las urnas y calculó que si se apartaba de Santos, el coletazo por la victoria del SÍ lo golpearía muy duro”.

Lo que queda en evidencia es que Vargas Lleras hizo mal sus cuentas y sus cálculos. Para Santos, él no hizo lo suficiente durante la campaña y para los ciudadanos que estaban con el NO, Vargas fue cobarde y dubitativo. El exceso de pragmatismo lo ubicó en el peor de los mundos, haciendo que quedara mal tanto con los del SÍ como con los del NO.

Confirmada la victoria del NO, Vargas ha intentado dar la voltereta expresando sus reparos frente algunos puntos del acuerdo. ¿Acaso no había leído las 297 antes del 2 de octubre? ¿Cómo entender que le hubiera hecho campaña al SÍ teniendo las dudas que ahora ha hecho públicas?

Como dicen los norteamericanos, el momentum para que Vargas renunciara era antes de que empezara la campaña plebiscitaria. No lo hizo y tendrá que asumir las consecuencias de su indecisión. En política, la falta de astucia y la incapacidad de asumir riesgos por hacer cálculos excesivos se pagan muy caro y Vargas tendrá que asumir ese costo.

En diálogo con LOS IRREVERENTES, un entusiasta vargasllerista se mostró sorprendido con los últimos movimientos de su líder político. “Es errático y yo francamente lo desconozco. Esperaba de él una mayor audacia en este momento de tanta dificultad”.

Su reciente salida contra la reforma tributaria lo deja aún más mal parado. No por sus críticas al proyecto, sino por hacerlas como miembro del gobierno. No suena bien que el vicepresidente del país se tome los micrófonos para despotricar de una reforma impulsada desde la Casa de Nariño.

Aquella actitud muestra una faceta hasta ahora desconocida de Vargas: la traición. Que Santos es un traidor, es una verdad que no puede sorprender a absolutamente nadie. Erigió su carrera política haciendo zancadillas, utilizando a las personas, traicionando a quienes le tendieron la mano y hundiendo en el fondo del lodo a sus aliados. De hecho, cuando Santos era ministro y Vargas Lleras se perfilaba como su más enconado rival, fueron muchas las intrigas que éste –Santos- hizo para que aquel –Vargas- fuera encarcelado por unos supuestos vínculos con jefes del paramilitarismo.

Lo que sí es francamente sorprendente es que Vargas quiera, a estas alturas del partido, traicionar a Santos, no por estar en desacuerdo con el pacto de paz suscrito con Timochenko, sino por un asunto puramente técnico de una exención tributaria que va a ser eliminada en la reforma tributaria.

Una carrera política construida con toda meticulosidad durante más de 30 años como es la de Vargas Lleras puede quedar gravemente lesionada por cuenta de los palos de ciego que él ha dado en un par de meses.

@IrreverentesCol