Así se hayan quemado las pestañas 20 o más años de sus vidas, se precien de haber publicado tratados sobre algunas especialidades del Derecho o funjan como profesores titulares de prestigiosas universidades, los magistrados ateos de la Corte Constitucional no son dioses. 

Aunque ellos, por la soberbia que a veces acompaña al poder no lo crean, son tan humanos como usted o como yo; vale decir: se equivocan, lloran, ríen, duermen, comparten espacios sociales con familiares y amigos y, por supuesto, tienen hobbies como cualquier mortal.

Empecemos dando gracias, amable lector, porque en su afortunada condición de nasciturus (ser humano no nacido), su dignidad fue respetada por sus padres, y por el cuerpo médico que atendió el embarazo de su amada progenitora. 

De no haber sucedido lo que acaba de leer, usted no existiría en este momento, ni yo tendría la oportunidad de compartir esta columna. 

Este argumento es el punto de partida de mi protesta contra los magistrados de la Corte Constitucional que avalaron lo que conocemos como aborto express, que no es otra cosa que un feticidio. 

Me gustaría escuchar la respuesta a las siguientes preguntas, de al menos, uno de los seis togados que votaron contra la ponencia de la doctora Cristina Pardo Schlesinger: ¿qué ser humano tiene derecho a intervenir o interrumpir el desarrollo prenatal de un individuo de su misma especie? ¿Se puede considerar como cosa un embrión o, peor aún, un feto con frecuencia cardiaca, desde que es un embrión hasta la semana 40 de gestación en el vientre materno? 

Cuestiones simples que espero no afecten el reposo ni la conciencia de ninguno de ellos; ni más faltaba… 

Al leer el salvamento de voto de la Magistrada Pardo Schlesinger, encuentro una argumentación rigurosa y apegada a la ley, que manifiesta profundidad jurídica en defensa de la Vida, principio elemental de cualquier civilización.

Las noticias que se han reportado durante esta semana, me han llevado a recordar el mundo de los clásicos: releer Antígona ha sido un deleite necesario. 

En la obra de Sófocles, el malvado Creonte, monarca impostor, se enfrenta a una infame tragedia, plasmada en la parte final del texto cuando, como consecuencia de las decisiones que toma, teniendo en cuenta únicamente las leyes de los hombres y, de contera, desconociendo las leyes provenientes de los dioses, recibe el cuerpo sin vida de su hijo Hemón, quien se ha suicidado al lado del cadáver de su prometida. 

Para terminar de completar la triste escena, es testigo del suicidio de su esposa Eurídice, quien ante el cuadro desgarrador de ver a su marido llorando sobre el hijo fallecido, se quita la vida ahorcándose delante del rey. 

Imagen aterradora que responde a la estulticia de quienes enceguecidos por el poder, olvidan que los hombres no somos más que briznas de yerba delante de Dios.

Volvamos a Colombia. Dado que la vida humana, desde su concepción hasta la tumba, al parecer tiene una lectura reducida por parte de algunos magistrados, llegó la hora de quitarles la máscara, desmitificar las ideologías materialistas que enarbolan y enfrentar sus protervos conceptos, lejanos del amor y la misericordia por los seres más indefensos de la sociedad, precisamente aquellos que se están formando en el seno de sus madres. 

Con todo respeto: La efímera vanidad de estos personajillos, muchos de los cuales se pavonean en restaurantes costosos y elegantes clubes sociales, es una vil excusa para ocultar su honda debilidad espiritual. 

Recordemos a Santa Teresa de Calcuta: “La mayor amenaza de la paz es el aborto”.

#AbortoNoEsPaz

@tamayocollins

Publicado: octubre 24 de 2018