En el tal posconflicto nada es residual, menos cuando hablamos de las Farc: todas las formas de lucha están en plena ejecución, conectadas e indivisibles.

La Dirección de la Policía Nacional pidió en días recientes que no llamemos “disidencias” a los miembros de la guerrilla que decidieron permanecer en la ilegalidad al no someterse a los acuerdos de La Habana. Solicitaron de manera irresponsable que hablemos de “crimen organizado residual de las Farc” cuando ni el 50% de los 17.500 insurgentes que el Presidente Santos prometió el año pasado, se desmovilizaron.

Según la Real Academia Española (RAE), lo residual se refiere a lo “perteneciente o relativo a un residuo”, que a su vez significa “parte o porción que queda de un todo”. Creo que alguien debe explicarle al país cómo es que nueve frentes guerrilleros que NO se van a desmovilizar, pueden considerarse RESIDUALES.

La palabra residual también significa “aquello que resulta de la descomposición o destrucción de algo”. Por tanto, ¿Cómo hablar de “destrucción” del narcotráfico como fuente de financiación de grupos ilegales, si hoy suman cerca de 200.000 hectáreas de coca sembradas en Colombia? El narcotráfico y las guerrillas siguen en auge, no es un simple tema de “bandidos” como indicó el Ministro de Defensa Luis Carlos Villegas. El proceso de paz con las Farc no dejó males “residuales”, sino males colosales que todavía debemos resolver.

El fortalecido del Eln y la multiplicación de las Bacrim no son coincidencia, están estrechamente relacionados con las disidencias de las Farc que no tienen nada de “residuales”. De hecho, en el Pacífico colombiano contamos con la presencia de los frentes disidentes 30, 29 y 6 de las Farc, que operan entre otras cosas en el Valle del Cauca en municipios como Buenaventura, donde existen cultivos ilícitos, laboratorios para procesar coca y rutas de distribución internas y hacia el extranjero.

Además, muchos de los espacios que históricamente ocupaba la “desaparecida” guerrilla, están siendo ocupados por nuevas organizaciones criminales que han disparado los asesinatos, las extorsiones y los secuestros extorsivos en diferentes departamentos y regiones del país. Como sucede en nuestro Valle, donde el aumento del secuestro es del 38% o en ciudades como Jamundí, donde los asesinatos crecieron en un 18% en lo corrido del año.

Finalmente, mencionemos otros grandes problemas que no son nada residuales y son producto de enfrascarse en la apuesta por la paz de Santos, que desatendió sectores claves del país como: la economía –que no crecerá más allá del 2% durante la segunda mitad de 2017-, la lucha contra la corrupción –que al año le cuesta $50 billones de pesos a los colombianos-, la educación –que presenta problemas de cobertura, calidad y PAE-, más la crisis del sistema de salud –que necesita de gran inversión estatal-. Se requiere que el próximo presidente de la República sea totalmente diferente al actual y de un nuevo Congreso que en 2018 enfrente los retos del país a corto, mediano y largo plazo, no usando eufemismos para hablar de los problemas gigantes de nuestra realidad: tipo “residual”.

@ChriGarces

Publicado: agosto 17 de 2017