En 1969 el Ejército de Liberación Nacional ELN en una acción para ellos victoriosa, emboscó y  aniquiló una patrulla completa del Ejército Nacional que se desplazaba entre Puerto Araujo y Cimitarra. Fue un episodio doloroso para el país y las familias de los 11 soldados masacrados a mansalva y sobreseguro, puesto que no fue en combate, sino que en una zona estrecha por  donde debía cruzar el convoy militar, las ametralladoras de la guerrilla dispararon a los cuerpos indefensos de los jóvenes soldados quienes quedaron tendidos en la carretera. Durante dos días no hubo quien pasara porque la guerrilla se quedó en el lugar a la espera que más soldados entraran a retirar los cuerpos tal vez con el ánimo de continuar su hazaña. Sólo hasta cuando un hombre valiente, con un pañuelo blanco extendido en su mano, se atrevió a entrar en un carro del distrito 15 de carreteras y cargó los cuerpos para llevarlos al batallón de Cimitarra.

Ese hecho enlutó a Colombia y ofendió la dignidad del Estado. La persecución a esa guerrilla fue implacable, sus errores tácticos y la división interna, propiciaron que el Ejército de Colombia estableciera una estrategia de persecución y delación enorme. La guerrilla se retira de Santander y se concentra en el departamento de Antioquia, en los valles de los ríos Nechi y Porce. El ejército colombiano despliega la operación Anorí; saca de la zona a la poca población campesina que vivía allí y la reemplaza por grupos que simulan ser familias, hasta infiltrar todo el territorio y propiciar el más duro golpe de aniquilamiento al ELN. Allí, cuando corría el año 1973 mueren los dos hermanos de Fabio Vázquez Castaño, Manuel y Antonio, y capturan a sus compañeras.

Y 45 años después, el ELN no aprende de su propia historia. No lee la política nacional ni la realidad del país y menos la realidad latinoamericana. Actos de barbarie como el de la Escuela de Policía General Santander, más allá de herir la dignidad de las Fuerzas Militares, hiere el alma de los colombianos que hoy justificarían una ofensiva militar de aniquilamiento con la combinación irregular de todas las formas de lucha. Que brutalidad y torpeza tan enorme la del ELN que no se detiene a mirar como experiencia los contenidos del acuerdo de paz con las FARC que contiene literalmente el tratamiento militar sin consideración política a todos aquellos actores armados que no tengan una causa política con soporte ciudadano. Con ese acto con el que acabaron con la vida de varios jóvenes integrantes de familias humildes que con esfuerzo matricularon a sus hijos en la escuela de oficiales, se ganaron el rechazo colectivo del pueblo colombiano.

La torpeza les alcanza para no leer tan siquiera, el rechazo generalizado que padecen los miembros del partido FARC que tienen asiento en el Congreso Nacional. Por múltiples esfuerzos que hacen por querer mostrar una diferente actitud, les niegan el derecho a legitimar su participación política, porque la ciudadanía no olvida las masacres. Así como en 1969 sentimos dolor por la masacre de los soldados, hoy volvimos a sentirlo ante la muerte de inocentes criaturas, jóvenes buenos de familias honestas, que creyeron en una oportunidad de paz y que como respuesta, una guerrilla indolente ofrece la guerra. Que brutalidad y arrogancia. Ojalá Adelfa, la de Anorí viva y le cuente a sus compañeros que cuando el Estado deja de lado la voluntad de dialogar y asume como política exclusiva la del combate; la persecución es implacable y los daños son inminentes. Y ojalá se encuentren en Cuba con Fabio Vázquez Castaño y en la madurez de los años los invite a no desaprovechar la oferta de espacios de participación política por parte del Estado colombiano, oferta que de ser rechazada, determinará que esa guerrilla sea tratada como Banda Criminal. Así está escrito.