Los cuatro carnavales más famosos del mundo son los de Río de Janeiro, Barranquilla, Venecia y Nueva Orleans, sin duda ciudades fértiles para las fiestas. La exuberancia y los excesos de Río de Janeiro;  la evocación veneciana con atuendos y máscaras del siglo XVII, la desinhibición de Nueva Orleans. Y Barranquilla… bueno, Barranquilla: “Quien lo vive es quien lo goza”.

En Río el Covid-19 ha bailado su propia samba: es el segundo estado brasileño más afectado, con alrededor de 88 mil infectados y más de 8.400 fallecidos. Su tasa de letalidad es la mayor de Brasil: 9,6 por ciento.

En Venecia el virus recién pintó los canales. Hoy lucen de un azul más transparente para soportar a las góndolas, sin oficio, que sirven de tarima desde donde los cisnes y otras aves marinas, en espectaculares rondas, trinan desprevenidas. Venecia tiene 19.221 casos y una tasa de 3.903 casos por millón de habitantes (en una Italia 3.990 casos por millón). La curva de los casos a lo largo del tiempo está todavía en fase de meseta.

Las cicatrices de Nueva Orleans se abrieron. Luisiana es de los estados más lesionados. Tiene 10.452 casos, cuando Estados Unidos maneja 6.603 casos por millón.  En febrero el folclórico Barrio Francés, con olor a corraleja, recibió millones de visitantes para el Mardi Gras y hoy el jazz ni siquiera espanta a los roedores en sus bares desocupados. Compite por el récord de la mayor aceleración de casos en un día (2.300 casos).

El carnaval de Barranquilla, Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, se ha convertido en el más largo del mundo. Sus preparativos principiaron el Día de las velitas y no terminaron ese martes con el entierro de Joselito. “Nombe, esta vaina sigue…”.

El Covidcuco canta hoy unas tristes letanías que hacen llorar a Estercita Forero: tardía alerta naranja, servicios de salud intervenidos, el valiente personal sanitario amenazado. En el Atlántico 16.871 casos, el toque de queda suena a redoblantes para Marimondas. Los resultados de las pruebas alcanzan cifras sin par en el mundo. Somos únicos.

De estos cuatro famosos carnavales, solo escribo sobre el que atañe a mi parroquia. La conducta de Barranquilla no tiene el cadillo ingenuo que llevamos los caribes al cual el centralismo malintencionado tilda de “corroncho”. El comportamiento que nos avergüenza es sustancialmente grosero, chabacán y azañoso. Tiene olor a descompuesto. Su lenguaje no suena original, es tosco y ofensivo. Amenaza a quienes los cuidan y protegen. Es un valiente cobarde y piensa en tono chillón que puede “cogerle el bajito a las autoridades”.

Esta conducta irracional que ha confundido al mundo y entristecido al país necesita para su solución el compromiso de la gente decorosa de Barranquilla. Esa que sueña con una sociedad incluyente para sus descendientes, y mantiene un estricto colador ético. A su círculo no ingresa quien roba los recursos públicos. Quien esquiva las normas y malvadamente celebra el ilícito, menos. Aquel que no respeta los protocolos sanitarios y agrede al personal sanitario no puede estar entre nosotros.

Cuando hablo de gente decente y de bien, me refiero a los estudiantes y profesores; a los padres y madres que serenamente protegen a su familia; al abarcudo y a los campesinos finqueros que emplean a sus trabajadores con todas las de la ley. Al servidor público cuyo patrimonio resiste el mas severo de los escrutinios. Al profesional independiente agarrado de sus ahorros. Al político –sí, ese-, que sabe que la educación es nuestra tabla de salvación y rechaza el baratillo de la conciencia. Esta es la gente que necesitamos: responsable, comprometida y solidaria.

También me refiero a quien quiere gritar conmigo y no teme decir: ¡basta ya, carajo! No se roben la plata, no les pongan sobreprecios a los insumos y no exijan el soborno de los contratistas. El coronavirus debe servir para limpiar al Caribe, construir una nueva narrativa y seguir a Borges: “si me comporto bien, estoy haciendo la mejor política”.

Durante mi época de internado en esta ciudad, en esta Puerta de Oro de Colombia, mis compañeros y yo estimulábamos a los asincrónicos colegas cachacos a bailar “Te olvidé”. Uno de mis primos describía sus erráticos pasos como los dados por un “trompo charrasco”. Hoy es al contrario. Como tal nos ven el país y el mundo: Brincando las medidas de higiene básica y saltando las del distanciamiento social.

@Rembertoburgose

Publicado: junio 25 de 2020