En días pasados se conmemoró el vigesimoprimer aniversario de la muerte del dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado, vilmente asesinado en pleno escándalo del proceso 8000, episodio en el que el inmolado dirigente jugó un papel de primera línea denunciando la corrupción y el descaro del gobierno de Ernesto Samper Pizano quien llegó a la presidencia en 1994 luego de haberle pignorado la dignidad de la República al cartel de Cali, estructura delincuencial que introdujo miles de millones de pesos a su campaña.

Desde las páginas editoriales de El Nuevo Siglo, periódico que dirigía, el doctor Gómez Hurtado cuestionaba la solvencia moral de Samper y de sus principales compinches, empezando por Horacio Serpa quien se había convertido en el innoble defensor del narcorégimen.

El país entero seguía con respeto reverencial los editoriales e intervenciones del líder conservador quien desde el comienzo de la crisis se convirtió en una suerte de faro moral de una sociedad asqueada que poco a poco fue conociendo los detalles de la corrupta operación por medio de la cual Samper y sus aliados se vendieron al narcotráfico.

Como moscas fueron cayendo los parlamentarios y políiticos que también pasaron por las oficinas de los hermanos Rodríguez Orejuela. Personas como Rodrigo Garavito, Joselito Guerra, María Izquierdo, Gustavo Álvarez Gardeazábal, entre otros, terminaron con sus huesos en la cárcel luego de que se comprobara que recibieron ingentes sumas de dinero de la mafia.

Está claro que la voz de Álvaro Gómez estorbaba. Su verticalidad, su solvencia moral eran los peores enemigos del gobierno corrupto que intentaba sostenerse en el poder al precio que fuera. Nadie podía hacerle más daño al dúo criminal integrado por Ernesto Samper y Horacio Serpa que el propio Álvaro Gómez.

¿Quién lo mató?

A Gómez lo asesinó la mafia del norte del Valle, haciéndole un mandado a Samper y Serpa. La historia se resume de la siguiente manera. Los narcotraficantes, liderados por Orlando Henao tenían como consejero a uno de los peores delincuentes que ha tenido Colombia, el extinto abogado Ignacio Londoño Zabala, amigo íntimo de Horacio Serpa y de Samper.

Londoño, hijo de una dirigente liberal de Cartago –Jesusita Zabala-, se forjó políticamente a la sombra de Samper en el denominado “Poder Popular”. Con el paso de los años, afianzó sus vínculos con el narcotráfico y con la dirigencia liberal, convirtiéndose en el recadero por excelencia entre unos y otros.

En plena crisis por el 8000, surgió la versión de que se daría un golpe de Estado y que Álvaro Gómez asumiría transitoriamente el poder para reorganizar al país, empezando por perseguir y extraditar a los capos del narcotráfico que habían puesto en jaque a la democracia colombiana.

Aquella versión era perfectamente fantasiosa. Nunca se pensó en un golpe y el doctor Gómez, un demócrata integral, jamás habría prestado su nombre para tal propósito. El quería que el gobierno se cayera, pero a través de los canales constitucionales, no por medio del uso de la fuerza.

La paranoia es propia en todos los criminales y de ella no fueron ajenos Samper y Serpa. Los mafiosos del norte del Valle también se dejaron envenenar por las razones que les llevaba Ignacio Londoño. Así se selló la suerte del dirigente conservador.

El 2 de noviembre de 1995, a eso de las 10 de la mañana un par de sicarios acabaron con su vida y de paso con la ilusión de millones de colombianos que veían en Álvaro Gómez el líder que necesitaba el país para salir del atolladero político, económico y moral en el que se encontraba.

Impunidad

Aunque existen las pruebas suficientes para que los responsables del homicidio, Samper y Serpa, estén tras las rejas, la justicia se ha encargado de desviar la investigación hasta el punto de que ésta se encuentra ad portas de prescribir.

El expediente se ha paseado por decenas de despachos en la fiscalía. Cuando los investigadores terminan de empaparse de las pruebas que reposan en él, misteriosamente llega la orden de volver a cambiarlo de oficina.

Los testigos, uno a uno, han sido asesinados y mientras tanto los responsables se acercan al final de sus vidas exhibiendo una desafiante sonrisa en sus rostros con la que quieren significar que el brazo de la justicia en Colombia no es lo suficientemente largo como para alcanzarlos.

Serpa, cada vez más senil –gagá, para utilizar sus propias palabras- tiene los días contados por cuenta de sus ostensibles quebrantos de salud, mientras que Samper sigue manipulando a la justicia para nunca tener que responder por el asesinato que él ordenó. Uno y otro morirán de viejos y totalmente impunes.

El cinismo de Samper y Serpa no ha sido capaz de hacer borrar de la memoria del país el legado de Álvaro Gómez Hurtado, un hombre con una cultura colosal y conocedor de las más variadas ramas del saber humano. Tampoco será fácil olvidar quiénes fueron las dos personas que ordenaron acabar con su vida.

@IrreverentesCol

Publicado: noviembre 9 de 2016