Santos jamás ha escrito una línea. Sus “escritores en la sombra” son Juan Carlos Torres y Germán Santamaria, quienes seguramente se encargaron de redactar el libro que ha lanzdo como suyo bajo el rimbombante título La batalla por la paz.

Si en aquella obra hubiera un ápice de honestidad -el propio autor reconoce que es un traidor-, Santos debió empezar por un preámbulo contando cómo logró perfeccionar su candidatura presidencial, a punta de tramoyas, engaños, complots y, por supuesto, persecuciones contra el presidente Uribe y su círculo de colaboradores, amigos y hasta familiares. 

Siendo ministro de Defensa, se valió de una entidad que estaba bajo su tutela: Fondelibertad, oficina encargada de atender y apoyar a los secuestrados y a sus familiares. Poco a poco, Santos logró que el ministerio de Hacienda ampliara el presupuesto de aquel fondo que dependía directamente de él.

Al frente del mismo, puso a un calanchín suyo quien a pesar de haber protagonizado el más vulgar de los desfalcos, quedó en la absoluta impunidad: Harlan Henao.

A través de Fondelibertad, Santos suscribió multimillonarios contratos en virtud de los cuales todas las personas que fueron claves en su campaña presidencial, empezando por el siniestro Juan Mesa Zuleta, recibieron cientos de millones de pesos a cambio de nada. 

El negocio era redondo: con dineros públicos, Juan Manuel Santos financió al staffde su campaña. 

Basta con hacer un cruce de nombres para confirmar que muchos contratistas de Fondelibertad, terminaron en la campaña santista y posteriormente en su gobierno. 

La de Fondelibertadfue la primera expresión de la operación corruptora que durante el gobierno de Santos se generalizó bajo el título de la “mermelada”.

Además de la operación corrupta para la financiación de su campaña con plata pública, Santos sembró, a través del DAS y de la dirección de la policía, el cuento de las chuzadas. Para él, era clave que una vez se produjera su victoria, su antecesor -el presidente Uribe- fuera objeto de una desfiguración para efectos de que no eclipsara sus acciones de gobierno.

El complot de las supuestas chuzadasdel DAS era perfecto. Valiéndose de un sujeto sinuoso como Felipe Muñoz -a quien Santos había logrado ubicar en la dirección del DAS-, estructuró una fábula que a la postre terminó haciendo un daño irreparable a la imagen del presidente Uribe y del gobierno de la Seguridad Democrática. 

Han pasado más de 10 años desde que Santos hizo que estallara aquel escándalo y aún no se conoce un solo audio de las supuestas chuzadas del DAS. 

Las únicas grabaciones que el país ha conocido son las que se hicieron en contra del propio presidente Uribe -hablando en tono alterado con un excontratista de la Presidencia de la República-, otra contra su consejero José Obdulio Gaviria -una conversación telefónica con un cónsul de Colombia en Venezuela- y las de los magistrados de la corte suprema en la que aseguran que los funcionarios uribistas investigados por ellos deben ser condenados unánimemente por “conveniencia política”. 

Pero el daño quedó ahí. Sin que medie prueba alguna, la exdirectora del DAS, Pilar Hurtado y el exsecretario general de la Presidencia, Bernardo Moreno, terminaron condenados por los magistrados que buscaban “conveniencia política” y no administrar justicia en el nombre de la República, tal y como ordenan la Constitución y las leyes.

Lo cierto es que la de Santos fue una muy detallada operación de estafa política. Se disfrazó de uribista durante los 3 años que fungió como ministro de Defensa -desde 2006 hasta 2009-. Posó de enemigo acérrimo del socialismo del siglo XXI, particularmente de Hugo Chávez a quien acusó en 2007 de ser un narcotraficante. 

Aquel señalamiento, generó una crisis diplomática que obligó a que el presidente Uribe reprendiera en público a su ministro de Defensa -Santos- exigiéndole que no se entrometiera en temas relacionados con la política exterior. 

En 2009, en el país político existía un consenso sobre la necesidad de llevar a cabo un referendo en el que la ciudadanía resolviera de manera libre si quería o no un tercer mandato del presidente Uribe. La popularidad del primer mandatario era superior al 80% y la opinión pública consideraba que 4 años más de Seguridad Democrática eran necesarios para culminar el proceso de reconstrucción de nuestro país. 

Santos, ávido de poder, resolvió renunciar al ministerio de Defensa en 2009 para liderar soterradamente una violenta campaña contra el referendo en la corte Constitucional, tribunal que estudiaba la legalidad de dicho procedimiento. 

Al final, el tribunal hundió el referendo y Santos quedó en el primer lugar del partidor para la sucesión presidencial. 

La misma noche en que la corte constitucional anunció el hundimiento del referendo, Santos, desde Cartagena -en evidente estado de beodez- hizo una comparecencia ante los medios de comunicación en la que lanzó su candidatura presidencial.

Para cualquier analista, resultaba fácil prever que quien fuera el candidato continuista de la Seguridad Democrática, tendría el camino despejado para alcanzar la victoria en las elecciones de 2010. 

Santos, resultó ser un candidato mediocre, con angustiante incapacidad para hablar de corrido, sin conexión alguna con la gente y una insoportable incapacidad para proponer y sustentar una idea. 

Su campaña empezó coja. Sus asesores de cabecera, esos mismos que habían sido “aceitados” con dineros de Fondelibertad, le recomendaron que hiciera una campaña alejada del uribismo. El resultado fue catastrófico: en cuestión de días, las encuestas empezaron a reflejar que Antanas Mockus -candidato verde- tenía todas las de ganar frente a un desdibujado Juan Manuel Santos cuya campaña no despertaba una sola emoción.

En medio de la catástrofe, José Obdulio Gaviria -quien se había sumado con entusiasmo a la campaña santista, seguramente por instrucciones del propio presidente Uribe- propuso un viraje total de la misma: había que acercar a Santos al uribismo. De lo contrario, la hecatombe sería inminente.

Aquello sucedió. En todos los rincones del país, los colombianos vieron a un Santos defendiendo la Seguridad Democrática, presentándose como la persona indicada para continuar la ejecución de las exitosas políticas económicas y sociales diseñadas durante los 8 años de Uribe y fijando posiciones firmes contra el peligroso Socialismo del Siglo XXIque se extendía como una maleza por toda nuestra región.

No hay una sola declaración de Santos, como candidato presidencial, en la que haya asegurado que negociaría con el terrorismo como en efecto hizo tan pronto se posesionó como presidente de la República. 

Santos no traicionó al presidente Uribe. Él traicionó, estafó y engaño a más de 9 millones de colombianos que votaron por lo que él propuso como candidato presidencial en 2010. Y nada de lo que hizo como presidente, se compadece en absoluto con lo que ofreció cuando era candidato. Eso lo convierte por siempre y para siempre en un vil traidor. 

@IrreverentesCol

Publicado: marzo 25 de 2019