Hablar de equidad de género en política no es nada fácil. En un mundo históricamente controlado por los hombres, la apertura de espacios de participación para las mujeres no solamente es necesario para aumentar la representación electoral de la mitad de la población, sino que es una reivindicación histórica totalmente justa.

Como tal, en Colombia desde 1991 hasta la fecha el porcentaje de mujeres en la Cámara de Representantes ha oscilado entre el 8.4% y el 19.9%. En el Senado, por su parte, este indicador ha variado entre el 6.5% y el 23.4% y, en general, en los últimos dos periodos constitucionales el promedio femenino en el Congreso ha sido del 20.9%.

Es decir, aunque como País hemos avanzado y se ha duplicado la participación femenina en los principales órganos colegiados de voto popular, lo cierto es que todavía queda mucho por hacer. A este ritmo, tendríamos que esperar de 30 a 40 años más para que las mujeres ocupen cerca del 50% de las curules de la Cámara y el Senado. Una eternidad…

Además, a nivel territorial la situación es mucho más cruda. Por ejemplo, de los 26 diputados de la Asamblea de Antioquia tan solo 2 son mujeres, de los 21 concejales de Medellín solamente 5 son del género femenino y de los 21 concejales de Barranquilla únicamente 2 son mujeres, situación que se replica en todo el País.

En otras palabras, lo que se ha logrado a nivel central en el Congreso no se ha visto reflejado en las regiones, donde la política sigue siendo cuestión de hombres.

Por eso, a buena hora el Congreso aprobó dentro del Código Electoral la conformación paritaria de las listas a corporaciones colegiadas, tales como las Asambleas, los Concejos y el Congreso. Con esta medida, la inscripción de candidatos debe tener una relación de 50-50 entre hombres y mujeres, con lo cual los partidos estarán obligados a buscar nuevos liderazgos e involucrar por igual a ambos géneros en el proceso político.

De no hacerlo, sencillamente no pueden participar de la contienda electoral, razón por la cual sí o sí las dinámicas políticas tendrán que mirar a las mujeres desde otra perspectiva: no solamente como votantes, sino como líderes.

Estoy segura que esta medida ayudará a tan loable y necesario propósito. Ya de por sí ha habido un gran avance en este aspecto en los altos cargos del Estado que no son de elección popular, tales como los Ministerios o las Embajadas, donde desde hace varios años las mujeres son actores protagónicos. No obstante, no podemos limitarnos a estos escenarios y debemos enfocarnos en la esencia misma de la democracia: la representación popular.

A las congresistas que impulsaron esta medida, felicitaciones. Lideraron una disposición que será determinante para las nuevas generaciones de colombianas y que marcará la pauta para un ejercicio político más abierto, transparente y paritario.

@Tatacabello

Publicado: diciembre 18 de 2020