El nombre de Aida Merlano se nos volvió familiar solo desde su ruidosa captura. Colegas congresistas de la Cámara me dicen que poco se le veía por el recinto. Ahora todos la reconocemos por su azaroso paso por estrados y cárceles, por su huída rocambolesca, por el protagonismo farandulero de su hija, los tardíos relatos de su alegre promiscuidad en playa baja, playa media y playa alta… Todo con un desenlace inopinado: que ahora se puso a disposición, como instrumento de agresión política, del tirano Maduro y de su comparsa, Diosdado.

Prisionera en Venezuela, se le ha dejado comparecer dos veces ante el público. Una, desde un raro corral judicial hecho con tablones reciclados de cajas de embalaje de repuestos, y otra, en esa entrevista con la que Semana y Vicky Dávila estrenaron el canal digital de televisión.

Al ver la primera declaración (la del corral), pensé que la Merlano estaba libretiada por algún gamín colombiano de los que trabajan en Telesur. Es que dijo muchas sandeces: que había votado en la Cámara para elegir fiscal y que ese voto valió 5 mil millones, que los que la liberaron de la cárcel la estaban era secuestrando, que Duque la mandó a matar, que los “partidos de la derecha (categoría sobre la que ella no debe tener ninguna noción) en Colombia” hacían no se qué cosas muy mal hechas y que los de la izquierda (idem) eran buenísimos…

Volví a oír la primera declaración y luego la entrevista con Vicky Dávila, y hubo como una iluminación: ¡no señores!, ¡no todo lo de la doña estaba libretiado! Lo que realmente ocurre es que ella nunca entendió bien, por no decir nunca entendió nada, de lo que vio hacer en el congreso. Tuvo investidura de congresista, sí, pero no era una parlamentaria. Compraba unos votos, salía elegida, tenía curul, pero le importaban un cuerno las funciones básicas de legislar y hacer control político. ¿Y cómo llegaba al congreso? Por el sistema electoral de la lista abierta, consagrado en el artículo 262 de la Carta. 

Merlano venía a Bogotá por lo de ella y sus financiadores; y eso, principalmente, se recoge en ministerios y demás entidades del Estado, no el Cámara. Esa es la esencia de la lista abierta. Merlano era una relacionista pública, una lobista de los contratistas que ponían el capital para comprar sus votos  Merlano era tramitadora de contratos, favores y burocracia con los que realimentaba el aparato corrupto que le garantizaba una curul en lista abierta (recordemos que su paso por el congreso coincide totalmente con el gobierno Santos, ni un minuto con el de Duque).

En sus declaraciones a Semana, Merlano se quejó de que el día aciago de su captura solo allanaron su sede. ¿Por qué, se pregunta, no allanaron las sedes de todos los candidatos, si en todas había la misma operación de compraventa de votos, pues el sistema es de lista abierta?  

Y observen ustedes un detalle insignificante para doña Merlano, para la periodista y para los opinadores: que en la sede de Merlano se compraba votos para dos “partidos” distintos, o más precisamente, para candidatas de dos partidos distintos: Merlano al senado, lista única, nacional, del partido conservador (¡eso sí, abierta!) y doña Lillibeth Llinás, lista única (abierta) a la Cámara, departamental (Atlántico) por el partido Cambio Radical. Ese detalle aparentemente insignificante, para mí es ciclópeo, colosal: es la evidencia empírica de que en Colombia ya no existen partidos políticos; solo existen personerías jurídicas que dan avales para correr en listas abiertas. 

Doña Merlano y doña Llinás, y quienes las inscribieron y financiaron, no comparten “objetivos, intereses, visiones de la realidad, principios, valores y proyectos para ejecutar” (eso es un partido, eso define y reúne a las bancadas de un partido). Ellas solo iban por una credencial (en lista abierta) que las habilitara para entrar fácil a cualquier parte y abordar fácil a cualquier persona. Y para el objeto, ¡qué más da que el avalista llevara la palabra radical, democrático, alternativo, decente, conservador, patriótico, liberal, verde o justo!Eso que hizo doña Merlano, señores, y que ella dice que lo hacen todos para llegar al congreso, tiene nombre: se llama Lista abierta y es la más imbécil y destructiva de las iniciativas legislativas que ha producido Colombia y que en dos o tres períodos logrará una absoluta homogeneización: cientos de ‘Merlanos’ ocupando las curules. 

@JOSEOBDULIO

Publicado: marzo 2 de 2020