Hace unos días ocurrió algo en Bogotá que sacudiría los cimientos de cualquier sociedad equilibrada. Esa que tiene respeto por la convivencia, con disciplina por las reglas  y  estándares normales  de comportamiento. Una multitud enardecida linchó a un individuo sin saber a ciencia cierta las razones, ajena a los argumentos y sin consideración o respeto, mutilaron  al sospechoso.

La turba incendiaria…la multitud delirante. La violencia colectiva en su máxima expresión. Esto es una psicosis comportamental y acá no nos hemos  detenido a analizar o pensar sobre este lamentable hecho.

Desde la óptica de las neurociencias hay muchas aproximaciones a la violencia. Una es la denominada premeditada,  se origina en el área pre- frontal del cerebro y en donde el individuo planea, diseña y ejecuta el acto. Deja a un lado el daño que produce, el sufrimiento que ocasiona  y el dolor que le infiere a la persona lesionada. Diluye todos los valores y las reglas morales  aprendidas.

La otra forma de violencia es la impulsiva. Se origina en centros profundos del cerebro, la amígdala del lóbulo temporal. Desde allí nace y se origina el impulso. Es respuesta inmediata al peligro, asalto o al ataque. Los estímulos llegan en milisegundos al área pre frontal y son de tanta intensidad que no le permiten al individuo acudir a los mecanismos que tiene el cerebro para control de la agresión Es la respuesta reactiva ante el daño  inminente. Nos ha servido como especie a defendernos del adversario y a protegernos del peligro; ha sido clave en nuestra supervivencia.

Dos formas diferentes de responder ante el enemigo: elaborada (premeditada) o espontanea (impulsiva o instintiva). Cada una tiene sus puntos gatillos: la violencia impulsiva le garantiza protección al individuo durante los momentos de zozobra. La amígdala del lóbulo temporal es como un cofre donde vamos acumulando las emociones: gratas o malas, reconfortantes o dañinas, estimulantes o corrosivas. Un maleta llena, cualquier estimulo la rompe y deja escapar el contenido.  

La violencia impulsiva o emocional tiene su origen en la frustración y actúa llenando el vaso de la ira como un gotero. Cada gota que cae lleva un fracaso, una decepción  un desengaño. Así, cuando percibimos que no hay justicia y la impunidad  se pasea triunfante hay una actitud reactiva ante esta desilusión.  Sin pensarlo, decidimos tomar la justicia por  nuestras manos.

Lo preocupante es que este hecho no es un fenómeno aislado o una anécdota triste de nuestra enfermedad mental como sociedad. Los informes de la policía describen que entre los años 2014-2016 hubo en Bogotá 140 linchamientos.  Vamos más allá y miremos el perfil del linchado: usualmente es un habitante de la calle, vestido de miseria, paupérrimo y lleno de conflictos sociales. Es el clásico chivo expiatorio  que recibe todo el odio colectivo. Es el sujeto de la descarga donde la multitud hace catarsis de la ira reprimida. Recibe la transferencia del estado inoperante.

Imagino el linchamiento como una bomba en el cerebro; se va llenando gradualmente y cuando está rebosada aparece una mecha larga que recorre todos los rincones del encéfalo. Esta lista para explotar, falta el fosforo. La chispa incendiaria de la frustración la enciende cualquier cosa y una de ellas,  la falta de confianza en la justicia o una noticia falsa –como en este caso- difundidas en las redes. Esto induce  y  “justifica” para que  el individuo la tome por sus manos .Como el incendio,  va extendiéndose  y propagándose de sujeto a sujeto, conformándose así el  grupo social victimario involucrado.

Las bases neurobiológicas del odio aun no las entendemos; sin embargo, los estudios de resonancia magnética funcional que se practican cuando se le muestran a grupos de individuos  imagen de  quien odian captan estímulos en el área pre frontal (encargada del razonamiento), la ínsula y el putámen (estructuras profundas con conexiones con el cerebro emocional). El circuito cerebral del odio comparte algunas estructuras con el circuito del enamoramiento; porque extrañarse que pasemos entonces del amor al odio cuando anatómicamente estos cableados son  vecinos y comparten algunas líneas.

La barbarie de lo ocurrido solo muestra lo enfermo que estamos como colectivo social. Irresponsables los que siembran odio; cultivaran  ira. La justicia por nuestras manos nos devuelve a las cavernas en donde la fortaleza del instinto dejaba un individuo triunfador y una sociedad perdedora. Insensatos aquellos que piensan que con emociones toxicas traerán salud mental y bienestar a la patria.

@Rembertoburgose

Publicado: noviembre 16 de 2018